Desde su origen, los bares y cantinas se convirtieron en templos de convivencia
social. Establecimientos donde los parroquianos curan sus penas, enjuagan con licor sus
frustraciones, brindan en una barra por los buenos momentos y entonan cantos de
amores perdidos frente a una copa de vino. A través de las imágenes del cine nacionalista
de los años cincuenta y el cancionero popular, es posible entender la importancia de estas
instituciones hospitalarias y centros de la cultura mexicana.
El concepto popular de cantina, ha variado con paso de los tiempos. Desde el
principio de su existencia, las cantinas se clasificaron de acuerdo a las categorías sociales
de 1ª, 2ª y 3ª clase. Además, las célebres frases “No se admiten mujeres, menores de
edad y uniformados” y “Nos reservamos el derecho de admisión”, nos hacen pensar que
se trataba de un ambiente exclusivo para hombres y determinados estratos decentes de la
población.
Para evitar excesos de consumo en alcohol y embriaguez que por lo regular
originaban riñas y tragedias, en 1904 el gobierno de Tamaulipas emitió una ley dentro del
Código Penal que mencionaba en un artículo: “El dueño o empleado de cantina, o de
expendio de licores que sirva licor para alguna persona que a virtud de su ebriedad obre
ya inconvenientemente o que comience a escandalizar en algún modo, será castigado
con multa de dos a diez pesos.”
Sería necesario un estudio para determinar la cantidad de cantinas que han
existido en Ciudad Victoria, al menos desde los primeros sesenta años del siglo pasado. La
presencia masiva de estos negocios en la capital tamaulipeca, se remonta a más de cien
años gracias la industrialización de la cerveza regiomontana en las primeras décadas del
siglo XX. El ambiente de estos lugares en aquella época, variaba de acuerdo al barrio,
contexto social y tipo de clientela. Algunas localizadas en la periferia, estación del
ferrocarril y calles aledañas al mercado, operaban en locales de sillar antiguos con lo más
elemental para su funcionamiento: anuncios de cerveza y cigarros, mostrador de botellas,
mesas, botana, sinfonola, sillas, hieleras, barra de madera, piso de aserrín petrolizado y
mingitorios rústicos apestosos a orines.
En cambio, durante la primera del siglo XIX existieron otras como la cantina del
Hotel Comercio de Manuel Bustamente en el 9 Hidalgo, donde acudían personajes de la
política, empresarios y huéspedes distinguidos; lo mismo el Hotel de la Gran Sociedad -con
el mismo nombre de uno que existía en Toluca en 1890- con servicio de restaurante,
cantina y billares de primera clase, atendido por Juan Botello. En 1912 el Hotel Español
tenía servicio de cantina, billares y bebidas europeas como Champagne. En 1915 se ofrecía
el mismo servicio de Salón de cantina y billaras en el Hotel Ambos Mundos, frente a la
Plaza Hidalgo. A unas cuadras de este lugar operaba la Cantina La Popular de A. González
Torres y Compañía; igual los hoteles Bristol y Universal establecidos en la calle Hidalgo,
tenían cantina y restaurante.
Dice un anuncio comercial del periódico El Contemporáneo de 1915 que La Popular
era: “La más céntrica y acreditada cantina de la ciudad ya que goza del mayor prestigio
por la pureza de sus vinos y licores que expende.” Otro de los negocios muy visitados en
esa época donde turistas y victorenses rendían tributo a su majestad el alcohol, era La
Cantina del Teatro Juárez de S. de la Llata donde además de salón de billares, ofrecían a la
selecta concurrencia toda clase de licores y Cerveza Cuauhtémoc -Indio, Carta Blanca,
Saturno, Bohemia y de Barril-.
Llegaron los Revolucionarios
Durante el mes de marzo de 1912 arribó a Ciudad Victoria el 21º Cuerpo de
Rurales, al que pertenecía el Capitán Ramiro Sosa Álvarez quien narra el encuentro
armado contra Federico Montelongo en Las Abritas, municipio de Ocampo. Aprovechando
uno de los recesos, los ex revolucionarios simpatizantes de Francisco I. Madero se dieron
tiempo para disfrutar de los placeres de Baco en una cantina que se encontraba cerca del
cuartel, probablemente establecida a unos pasos del antiguo Parián.
La cantina se llamaba El Caracol, a donde llegó Refugio Flores El Choclos,
acompañado de otros soldados a tomar. En plana libación estaban “…cuando llegaron los
cuidos queriéndoselo llevar al bote, pero como El Chclos no se dejara se armó borlote
gordo, de los que se armaban en aquella época. Empezó la balacera de rigor y cual no
sería nuestra sorpresa al ver que cuando estaban más nutridos los balazos llegaron con el
Sargento Juan Vázquez Cerda en calidad de palomita. Unos lo llevaban por las manos y
otros por las piernas, por lo que creímos que estaba muerto a consecuencia del combate
de El Caracol.”
El escándalo llegó a oídos del gobernador Matías Guerra, quien avisó sobre el
asunto al Comandante de la Zona Gerónimo Treviño, destacamentado en Monterrey,
quien ordenó que los condujeran a la cárcel donde jugaban albures con una baraja. La
penitenciaría donde estuvo prisionero el general Alberto Carrera Torres, estaba en la calle
Matamoros. En las fondas del mercado, a cambio de cincuenta centavos, los soldados
comían un huevo, dos guisos, frijoles, tortillas, café y una charamusca.
Hablando de cantinas fifís de 1919, destaca el Jockey Club ubicada en Hidalgo No.
42 propiedad de Francisco Lerma, donde ofrecían diariamente a la selecta clientela
sabrosos sandwiches que degustaban con vinos completamente legítimos, mientras los
domingos los parroquianos escuchaban música en vivo. “Es el único establecimiento en su
género, donde se atiende con Prontitud y Esmero.”
Una de las bebidas de mayor aceptación y consumo en esa época, era el Mezcal de
San Carlos “Puro y Legítimo.” Sus principales distribuidores en Victoria eran Abelardo
Villarreal, El Águila de Paulino López, El Precio Fijo de Antonio Castro y Manuel Quintero
comercializador de otros vinos y licores nacionales y extranjeros. Entre 1920 y 1922
fueron famosas las cantinas y Billares Sevillana propiedad de Diego Muñoz, establecida en
un hotel del mismo nombre frente a la Plaza Juárez y otra propiedad de Jesús Lavín en el 7
y 8 Hidalgo.
Sumado a todo esto, la iglesia católica, el gobierno y sociedad civil, emprendieron
diversas campañas antialchólicas, para evitar que los hombres cayereran en garras del
vicio. Por ejemplo el gobernador de Tamaulipas Emilio Portes Gil, propuso el cierre de
“…tabernas durante la tarde del sábado y el día domingo.” Mientras un columnista del
periódico Vida Nueva (junio 8 /1921), opinaba que el “…Tequila Cuervo y el pulque
curado, han de filtrarse por las hendiduras de todas las vidas y absorberse en los alientos de
todos los hombres.”
A pesar de las advertencias y moralización sobre el ocio y los malos hábitos del
alcoholismo, la apertura de cantinas, bares, fondas, cafés, giros mixtos, burdeles y centros
nocturnos se incrementó notablemente a partir de la década de los trienta. Sobre todo en
lo referente al consumo de cerveza de varias marcas, bebida de moderación propia para
una ciudad calurosa como la capital tamaulipeca. (Continuará).
(El Independiente/enero 20/1920; Periódico Tamaulipas/diciembre 15/1912;
Revista El Legionario/1952;/El independeiente/febrero 9 de 1920; Panamerican
Magazine/1907.)

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