Quien tenga un ser querido o algo que valore y aprecie sobremanera para su vida, ineludiblemente pasará en algún momento, muchas veces de forma impredecible, por la universal experiencia emocional humana del duelo. Como lo afirmó el Eclesiástes (9:2) hace casi 3 mil años: la muerte (y el duelo) igual llega para el bueno y el malo, el justo y el impío, para el poderoso y para el hombre común.
Las grandes pérdidas, entendidas como un daño en los recursos personales, materiales o simbólicos con quienes tenemos un vínculo emocional significativo, dejan al descubierto nuestra fragilidad y vulnerabilidad humanas, y al mismo tiempo nos impulsan a ejercer en el duelo, la capacidad personal y social cultural (inmanente) que tenemos, para enfrentar, superar e incorporar el aprendizaje que dan estas situaciones extremas, en bien de nuestro crecimiento y maduración, a fin de adquirir la cualidad de ir más allá de nuestras limitaciones individuales, materiales y temporales, abriéndonos así a la dimensión de lo trascendente.
La otra opción, es el derrumbe y la disolución de la viabilidad para la realización de nuestros proyectos de vida personal y social.
El término “duelo”, proviene de las raíces latinas “dolos” (dolor) y “duellum” (reto). Es decir, se refieren a la irrupción y el estado simultáneo de sufrimiento y de desafío para superarlo. Por eso la palabra duelo, es tan apropiada para describir esta particular y singular experiencia humana.
Las personas en duelo manifiestan su estado con signos y síntomas emocionales como como tristeza intensa y sufrimiento, aislamiento de las personas de su entorno y el retraso o suspensión en la realización de sus tareas cotidianas.
Se trata de un proceso complejo y dinámico, no patológico, constituido por etapas que no son necesariamente continuas y ordenadas, en el que el sistema emocional alterado por la pérdida, hace víctimas a los deudos de un sufrimiento y desesperanza profundos, ante los cuales lucha para adaptarse y recuperar su estabilidad de manera que las personas puedan continuar con su vida, superando su crisis emocional y existencial.
El curso “normal” de este proceso, va desde el shock, el rechazo a lo sucedido, la depresión, la negociación, hasta una aceptación y sublimación de la pérdida.
Pero cuando por la forma y circunstancias de la manera en que ocurrió la muerte o la pérdida, y por las condiciones adversas para una elaboración “sana” del duelo, se reduce o bloquea la capacidad de enfrentarse al dolor de la ausencia del ser querido, a deshacer los lazos físicos que lo unían a él, a reconstruir sus objetos de afecto y a recuperar el sentido y significado de su vida sin ese ser que perdió. Entonces pueden ocurrir diversas configuraciones clínicas anómalas del mismo, que los psicólogos, tanatólogos y los psiquiatras, han etiquetado como duelo complicado, patológico, traumático, retrasado, crónico, enmascarado, exaltado, psiquiátrico, entre otras denominaciones.
Para la psicología el duelo, ya sea complicado o no, se considera un problema de salud no atribuible a un trastorno mental. Sin embargo reconocen también que el duelo es un estresor psicosocial grave que puede precipitar en dolientes vulnerables, un episodio depresivo mayor. Para los médicos, el duelo “normal” caracterizado por tristeza, ánimo depresivo, insomnio, anorexia, entre otros síntomas, es también un problema de salud pero no una enfermedad. Pr otra parte el duelo patológico lo identifican como un trastorno de adaptación.
Por lo anterior, se piensa en el duelo complicado, cuando “la persona está desbordada, recurre a conductas desadaptativas, o permanece inacabablemente en este estado sin avanzar en el proceso emocional hacia su resolución”.
Otros signos de evolución patológica del duelo son: la dificultad prolongada para aceptar la muerte, la incredulidad o anestesia emocional ante la pérdida, evitación de los recuerdos sobre el ser querido que perdió, dificultades para recordarlo de manera positiva, sentimientos amargura, rabia, odio, soledad, desapego relacionadas la pérdida, ideas reiteradas de culpa.
Algunas revisiones recientes informan que del 20 al 30% de los duelos son complicados y que son más frecuentes en las mujeres, en las personas mayores y en aquellos que por su historia personal y familiar con trastornos de salud mental, relacionados a su entorno, su personalidad, factores hereditarios y de alteraciones bioquímicas y endócrinas de su organismo.
Sin embargo actualmente, ocurre un incremento notable de duelos complicados, debido a factores ligados a la acumulación de crisis sanitarias por las pandemias de enfermedades crónicas-degenerativas (diabetes, hipertensión), muertes súbitas (infartos al miocardio o cerebral), infecciosas emergentes (COVID-19), accidentes, desastres naturales y muertes violentas por guerras, crimen organizado y por el Estado, casos específicos.
Uno de esos casos fue el ocurrido el 2 de octubre de 1968, que recordaron ayer los mexicanos de tres generaciones.
Este acto brutal se mantuvo bajo el silencio oficial durante 50 años, ignorando no solo las demandas de justicia por parte de los familiares de las víctimas, sino también negando el derecho de las víctimas a conocer la verdad y a recuperar y divulgar públicamente la memoria histórica y colectiva de ese grave hecho social.
Para el Estado el balance fue de “solo” 30 personas muertas; para los familiares y activistas, mínimo de 400. Pero aparte del incierto número de víctimas humanas, lo más grave fue el resquebrajamiento de la frágil democracia que pretendió proteger el régimen autoritario de esa época.
En 1969, el todavía presidente Gustavo Díaz Ordaz, asumió “íntegramente” la responsabilidad de los “sucesos”. Ante el repudio internacional y la crítica de algunos periodistas nacionales, Luis Echeverría se reunión con ellos para “ofrecer disculpas”. El jueves 10 de junio de 1970, con el “Halconazo”, mostró el verdadero mensaje de esas disculpas, iniciando el período de violencia de Estado, conocido como la “Guerra sucia”, en la que hubo un amplio uso de ejecuciones, arrestos arbitrarios, tortura y desapariciones forzadas en contra de reales o supuesto grupos inconformes con el sistema.
En 2006 el ex presidente Echeverría fue señalado judicialmente como el principal responsable de la masacre de Tlatelolco. Antes Echeverría fue también juzgado y exonerado por la muerte de estudiantes el Jueves de Corpus en 1971.
En 2001, Vicente Fox, creó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp) cuyo titular Ignacio Carrillo Prieto, pidió el procesamiento de Echeverría por genocidio.
En diciembre de 2006 se emitió la resolución judicial 344/2006, en que se ordenaba enjuiciar a un expresidente e iniciar un proceso por genocidio. Se analizaron más de 400 pruebas basadas en testimonios de testigos, víctimas y funcionarios. La sentencia señaló a Echeverría como autor intelectual del plan de “diluir en su totalidad” al Comité Nacional de Huelga (CNH).
En 2007, ya en el gobierno de Felipe Calderón, cuando Echeverría tenía 84 años, defendido por el Lic. Juan Velázquez, se amparó en contra de la Fiscalía (PGR), por los cargos de la ya extinta FEMOSPP de Fox. Además en junio de ese año el magistrado Mattar Oliva libró la primera orden de aprehensión contra un ex mandatario del país.
Sus abogados alegaron que no había una sola prueba de genocidio, que la muerte de los estudiantes fue por un enfrentamiento con los militares y sobre todo de que el “presunto” delito de genocidio había prescrito el 10 de noviembre de 2005.
El 11 de julio de ese mismo año fue exonerado por un tribunal federal encabezado por el magistrado federal Ricardo Paredes Calderón, el cual consideró que aunque sí hubo un genocidio planeado y ejecutado por el gobierno, ya no quedaban responsables de los hechos, pues al momento de su detención “no había ninguna prueba” que lo inculpara como responsable de la matanza.
En septiembre de 2018 cuando Echeverría ya contaba con 92 años de edad, el Comité del 68 acusó a la Procuraduría General de la República (PGR) de ser omisa en las investigaciones contra Echeverría, e inició un proceso legal para reabrir su proceso por genocidio en 1968. Fue hasta el 2 de Octubre de ese año que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, reconoció que la masacre del 2 de octubre de 1968, en la Plaza de la Tres culturas de Tlatelolco, constituyó una violación a los derechos humanos y un crimen de Estado, para el cual su titular, Jaime Rochín del Rincón, señaló que no podía haber perdón ni olvido y que era necesario para reparar a las víctimas, los daños y sufrimientos que se les infligieron, que el Estado reconociera de manera activa, la necesidad de restauración de los hechos, de la verdad y la memoria que tienen las víctimas”
En este punto, es necesario señalar que los duelos individuales, que durante 54 años fueron únicos en la vivencia de cada víctima, se convirtieron ahora en un duelo social o colectivo, que si bien no está aceptado por los académicos como una entidad clínica, si tiene realidad en el cuerpo social e imaginario colectivo de los grupos afectados y por extensión en la memoria histórica del país, en la cual el Movimiento estudiantil y el genocidio del 2 de octubre de 1968, se constituyó como un parteaguas doloroso del avance de la democracia y del cambio de paradigma de la defensa y protección de los derechos humanos.
Pero en la terapia política de la elaboración del duelo colectivo, son indispensables la memoria, la verdad, la justicia, la reparación, el perdón y la reconciliación nacional. Solo de esa manera se podrá evitar que México quede anclado en los episodios trágicos de su pasado, de manera que en un proceso de aprendizaje y transformación sociales, se resignifique el dolor y el sufrimiento vividos, para sustituir los sentimientos de miedo, cólera, frustración, impotencia, resentimiento y sed de venganza, por los de afirmación de la justicia, de la cultura democrática y de la paz, que empiecen a disipar el autoritarismo, la intolerancia, la violencia, la guerra y la muerte que ha asolado a nuestro por varias décadas.

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