Desde hace muchos años que no me emociono cuando llega la Feria a Ciudad
Victoria, de hecho, hasta siento pereza cuando alguien me pregunta si iré. También
me da un poco de pena porque a la mayoría de las personas les emociona saber
qué juegos mecánicos vendrán, qué artistas se presentarán, qué cosas nuevas
verán o comerán.
Platicando con mi hermano Gonzalo coincidíamos en que tal vez esa
sensación se deba a que cuando éramos niños la feria del pueblo se instalaba
afuera de nuestra casa; que bastaba con que abriéramos la puerta para tropezarnos
con los puestos de vajillas y otros enceres, conciliar el sueño hasta muy tarde
porque sentíamos a los merolicos muy cerca de la cama vendiendo cobijas o trastes
y ver pasar el trajín de la gente todo el día sin parar.
Recuerdo que esos días mi madre aumentada las recomendaciones cuando
salíamos a la calle, ella temía que “con tanto forastero nos fueran a robar
(secuestrar)”, mi papá siempre reía y decía “ay viejita, no comieran”. Y es que no
sólo se reunía la gente de las comunidades aledañas sino gran cantidad de
personas que venías de todas partes de la república a vender sus productos.
Nosotros los veíamos cómo improvisaban en sus puestos callejeros las camas para
dormir o sus cocinas para preparar alimentos, siempre me pareció una vida muy
ingrata y verlos me entristecía. Más cuando me enteré que la mayoría eran personas
que iban de feria en feria y que para muchos era su vida cotidiana, su casa y su
cama ordinaria.
Los juegos mecánicos siempre me dieron miedo y me provocaban “ñáñaras”.
Aunado al miedo que mi madre nos alimentaba acerca de su peligrosidad, pero que
tenía un tanto su origen en la economía familiar; ya que por motivos de feria las
ventas bajaban en el negocio de mí padre, así con poco dinero en casa, eran días
malos para ir a gastar.
Por eso el referente de la feria se volvió en mi edad adulta como un lugar
peligroso, con mucho ruido y económicamente complicado. Aun así, durante mi
época de estudiante universitaria solía ir a la feria en Ciudad Victoria cuando estaba
ubicada en Tamatán, esa feria citadina no tenía demasiadas variantes de la
pueblerina de mi infancia: trastes, cobijas, comederos deprimentes, juegos
mecánicos que mis compañeros calificaban de poco atractivos y ruido, mucho ruido.
Motivada por el escape que produce el haber estado confinada dos años por
pandemia, nos fuimos a dar la vuelta a la feria este año al segundo día de haber
sido inaugurada. Lo que más me divierte es caminar por el mapa de Tamaulipas,
visitando los stands de los municipios, aunque es común ver cerrados muchos de
ellos o con decoraciones muy precarias. Sin embargo, este año me sorprendieron
en forma grata.
El de Tampico estaba solo y vacío, sólo con una escenografía del puente
Tampico que según es el logotipo de la presente administración municipal, había
visto fotos de su presidente promocionando el espacio en la prensa; pero no tenía
nada, ni gente, ni información, nada. En el stand de Ciudad Madero regalaban
cilindros para agua y se podía tomar una foto en la silla gigantesca con un mural
promocionando la playa; el de Miguel Alemán estaba cerrado, Jaumave muy activo
con gorditas y toda su variada producción al igual que Miquihuana, Palmillas y
Bustamante con pemoles, pan de dulce hecho en horno de leña, cactáceas, dulces
cristalizados, así como productos de ixtle. El espacio de Tula no me pareció atractivo
en esta ocasión, tenía un caballo de madera en la entrada que inhibía el paso y las
artesanías estaban muy estilizadas.
El stand de Victoria, aunque tenía un espacio grande, hacía demasiado ruido,
con una motocicleta en la entrada que no entendí su cometido, así como un grupo
de hombres jóvenes con camisas oficiales del Ayuntamiento de Victoria con aspecto
de juniors y haciendo nada, que estorbaban el paso fluido de la gente. Nuevo Laredo
era el espacio más animado con karaoke y premios, en el de Díaz Ordaz nos
regalaron palomitas de las que se fabrican en ese municipio y se exportan a todo el
mundo; San Nicolás y San Carlos mostraron sus mezcales, Gonzales su tequila.
En fin, por primera vez gastamos más de una hora solo en recorrer los stands
de los municipios, probando y comprando, cuando salimos de ahí poco ánimo quedó
para ver las cobijas y los trastes. El patrimonio cultural mostrado por los municipios
fue suficiente para sentir que la feria este año había cumplido con mis expectativas.
Así que sí usted no ha ido, dese la oportunidad de visitarla, porque nosotros
sólo recorrimos un pedacito.
E-mail: claragsaenz@gmail.com

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