Por mi cumpleaños mi esposo me regaló un viaje al destino que yo eligiera, tenía muchas ganas
de conocer Rusia, pero por motivos conocidos no era opción; así que decidí regresar a mi
ciudad favorita del mundo… Estambul.
La primera vez que fuimos a Turkiye fue hace 17 años, de luna de miel; y desde que llegué la
ciudad hizo su magia, simplemente me hechizó. Conocí a Meltem quien fue mi guía y
traductora en aquel viaje, el turco no se me da muy bien; ambas conservamos nuestros contactos
y nos escribimos primero, después fuimos amigas de Facebook, chateamos por WhatsApp y
hemos estado presentes en la distancia.
Hace 3 años poco antes de empezar la pandemia se inauguró el aeropuerto internacional de
Estambul, un aeropuerto moderno, enorme, impecable y muy organizado que está a la altura de
los mejores del mundo, después de pasar migración y recoger mi equipaje Meltem estaría ahí
esperándonos a mi esposo y a mí para llevarnos al hotel y comenzar el recorrido.
Fue muy emotivo volver a ver a mi amiga, habían pasado tantos años, nos pusimos rápidamente
al día durante el trayecto al hotel; en esta ocasión nos quedamos en El Pera Palace, creado en
1892 por el arquitecto franco-otomano Alexander Vallaury, es un hotel museo de categoría
especial con un diseño de estilo neoclásico, art nouveau y oriental, era el favorito de escritores
como Agatha Christie y Ernest Hamingway, pero sobre todo de Mustafá Kummel Ataturk, se
encuentra muy cerca de la torre de Gálata, tiendas, restaurantes y calle peatonal, que tienen
movimiento todos los días de la semana durante casi las 24 horas del día.
A las cinco de la tarde Estambul me regaló el llamado a la oración, que a pesar que ya lo he
escuchado muchas veces y en otros destinos, me sigue pareciendo hipnótico.
Ese día mi esposo y yo fuimos a cenar a Nomads un restaurante que tiene una vista increíble de
la ciudad y que presenta show de belly dance y derviches. De su menú las entradas me
gustaron mucho, consiste en los famosos mezes que son pequeños platos con humus, tzatziki,
garbanzo, aceitunas, berenjena, pasta de tomates deshidratados y vino blanco turco.
El show fue increíble, las bailarinas no solo son muy bonitas sino que también tienen un
vestuario fabuloso, sus coreografías excelentes y el ambiente genial; sin embargo lo mejor fue la
sorpresa que me dieron Meltem y Enrique al mandarme un pastel de cumpleaños para
festejarme al ritmo de la música turca, empezaba mi jubileo ¡lo recordaré por siempre!!
Al otro día fuimos a almorzar a un restaurante local a dónde van los turcos, había tantas
opciones: jocoque seco preparado de muchas maneras diferentes, aceitunas de diferentes
variedades, jamones de res –les recuerdo que ellos no comen cerdo por su religión, muchos
quesos diferentes, pimientos y su especialidad el huevo con tomate que es una verdadera delicia,
seguimos comiendo pastel.
Después de almorzar fuimos al Gran Bazar, que como su nombre sugiere es el bazar más grande
del mundo, entramos por la puerta principal, y nos dejamos envolver por la magia de su cultura:
asombrarnos con la gran cantidad de joyerías que exhiben piezas increíbles, tiendas con pieles
exóticas, dulces, cashmere y pashminas, artesanías, alfombras, lámparas, y algunos suvenires;
todo ello en un ambiente único, donde los mercaderes están dispuestos a que no salgas con las
manos vacías… ¡cumplieron su misión!!
Al otro día volamos a Capadocia, un destino nuevo para los dos. Llegamos en la tarde por lo
que mi amiga sugirió a nuestro guía de Capadocia que nos llevara a ver el atardecer al Valle del
amor “Zemi Vadassi”. Llegamos a una cueva que fue una antigua capilla ortodoxa, en donde
podíamos contemplar los enormes pilares de roca de 40 metros de altura, con formas de
chimenea y merengues, resultado de un proceso geológico natural de millones de años. Tenían
la escenografía perfecta el suelo cubierto con tapetes turcos, cojines, una mesa con frutos secos,
quesos, una variedad diferente de peras, uvas, y copas de vino. En cuanto el sol comenzó a
esconderse yo quise iniciar mi regreso para cenar en nuestro hotel “Argos”, que también tenía
la mejor de las vistas y un restaurante excelente; faltaba un día para mi cumpleaños.
El día 6, mi festejo comenzó muy temprano, nos levantamos a las 3 de la mañana para realizar
el famoso recorrido en globo, y ver el amanecer junto a mi esposo en este lugar tan lleno de
magia. Contemplamos desde el cielo y con tan solo 16 grados centígrados, la hermosa región de
Capadocia, lugar de caballos salvajes; recibimos en lo alto los primero rayos de sol
acompañados de un viento ligero y frio que resultaba muy agradable; en los paisajes resaltaban
el valle de los monjes y las palomas, el valle rosa, y de la imaginación, yo estaba viviendo
definitivamente un cuento de hadas.
Después del almuerzo a la usanza turca, hicimos el recorrido terrestre, al medio día para
descansar del sol fuimos a la fábrica de alfombras, donde me enseñaron a tejer una alfombra y
apreciar aquellas obras de arte por las cuales han sido galardonados con varios premios. El
dueño me regalo una alfombra por mi cumpleaños y una botella de vino blanco –el tinto no me
gusta ni regalado.
Comimos delicioso, una carne preparada en una olla de barro con un pequeño orificio en la
parte superior, la cual es sellada con masa, así que para abrirla hay que romper la vasija; mi
esposo pidió que me recibieran con un pastel y una muy helada coca de dieta… Después les
platico de mis regalos.
El tercer día en Capadocia visitamos la ciudad subterránea de Derinkuyu, que se estima este
sitio fue excavado alrededor del año 1400 a.c. por los hititas; en esta ciudad había alojamientos
lo suficientemente grandes para los guerreros, las familias, sus alimentos, animales domésticos
y suministros necesarios y poder protegerse de las constantes invasiones; se cree que esta ciudad
podía dar refugio a unas diez mil personas. Muy bien planeada contaba con los pasadizos
suficientes para aniquilar a sus adversarios, pues el enemigo desconocía la ciudad, tenía que
entrar muy agachado e ignoraba que casi al ras del suelo había huecos del tamaño necesario para
que cupieran las espadas con las cuales cortarían sus piernas.
Al día siguiente regresaríamos a Estambul, con la incertidumbre de cómo nos iría con la fiesta
del Sacrificio, que iniciaba el 9 de julio, y que me fue tan difícil de superar en Marruecos; pero
también invadida de la emoción de regresar junto a mi esposo a los lugares que tanto me
gustaron 17 años atrás.

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