Una gran fiesta para nuestra Iglesia católica, la fiesta de pentecostés, la
venida del Espíritu Santo. En éste día tan solemne, todos los católicos nos llenamos
de gozo y esperanza en la promesa cumplida por el Maestro Jesús de enviarnos al
consolador. El Espíritu Santo llega a la comunidad de los discípulos y a partir de
éste acontecimiento, la naciente iglesia empieza a construir comunidades llenas de
fe en el resucitado.
Los discípulos reunidos en aquella tarde, representa la imagen de la iglesia,
que permanece reunida siempre en torno al maestro Jesús. No debemos olvidar
que la iglesia es el lugar del encuentro entre los seguidores de Cristo y por lo tanto,
el sentirnos parte de la gran familia católica, nos anima a vivir en la espiritualidad
de la comunión.
La iglesia nos invita a vivir como una verdadera familia que se reúne domingo
tras domingo para compartir la Palabra de Dios y la Eucaristía. Reunidos en nombre
del Señor, no existen divisiones y se logra trabajar en la unidad.
No permitamos que la división llegue a nuestras familias, a nuestros hogares,
a nuestros trabajos. Los católicos, estamos llamados a ser promotores de la unidad,
de la cordialidad y de la amabilidad y de todo aquello que motive a construir
verdaderos encuentros entre los hermanos. Los seguidores del Maestro Jesús,
estamos llamados a trabajar por la paz y llevar la paz que Cristo nos trajo.
En el encuentro que tienen los discípulos con Jesús de Nazaret, se da un
clima de alegría. Cuando nos encontramos con los que amamos siempre se
manifiesta y se derrama la alegría. Los católicos estamos llamados a llevar a los
demás nuestra alegría de sentirnos parte de la comunidad que se reune alrededor
del maestro.
Cuanta importancia tiene la comunidad en nuestra experiencia de fe, la
misma Iglesia nos ofrece el modelo de los discípulos que son convocados y
permanecen unidos como hermanos. Una vez mas, no permitamos que la división
llegue a nuestras vidas, seamos promotores de la fraternidad y de la unidad.
En el evangelio de hoy cuando Jesús se presenta en medio de los discípulos
y antes de recibir el Espíritu Santo, reciben ellos la misión de ser enviados a
continuar con el proyecto de Dios. Cuando nos encontramos con el maestro Jesús
la vida ya no es la misma y asumimos su invitación de continuar trabajando en la
misión de la Iglesia.
Los católicos estamos invitados con las palabras de Jesús a continuar su
obra en medio de nuestros ambientes, sobre todo en nuestras familias. Nosotros los
bautizados no podemos permanecer pasivos ante la urgencia de llevar el mensaje
del Evangelio a todos los hombres de buena voluntad.
Reunidos los discípulos y con la presencia del Maestro Jesús, llega el Espíritu
Santo. Que interesante es meditar sobre la importancia de estar reunidos. La iglesia
es unidad y comunidad. El Espíritu Santo llega a la vida de los discípulos y ellos,
con la misión encomendada por el Maestro Jesús, ya no permanecen inmóviles,
sino que se disponen al anuncio del reino. El Espíritu Santo, es capaz de sacudirnos
y transformar nuestras vidas para hacer de nosotros verdaderos discípulos.
Recibir el Espíritu Santo con la encomienda de perdonar los pecados nos
recuerda la importancia de los sacramentos, de manera especial el sacramento de
la reconciliación. Cúanto bien espiritual se encuentra en ese maravilloso
sacramento donde se nos perdonan los pecados. Recibir el Espíritu Santo es
aceptar la misión de vivir y predicar el perdón, sobre todo en un mundo marcado
fuertemente por el odio. Quien ha sembrado la semilla del perdón, cosechará el fruto
del amor.
Que la fiesta de Pentecostés, la fiesta de la iglesia, no anime a la misión
encomendada por el maestro Jesús de Nazaret de vivir el gran mandamiento del
amor.
Con mi oración, cercanía y gratitud.







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