Estimado lector, gracias por estar en este espacio. Que la paz del Señor esté en tu
corazón y en medio de tu familia.
A lo largo de los últimos domingos la Liturgia católica nos ha llevado por el camino
de la Pascua en un recorrido donde hemos reflexionado pasajes del Evangelio en los que
Jesús resucitado se ha aparecido en diversos momentos a los apóstoles y a la comunidad.
Así hemos llegado al texto de hoy, Juan 14,23-29, VI domingo de la Pascua.
Y estamos por finalizar la Pascua, es decir, el paso de Cristo resucitado en medio de
nosotros. El próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor a la derecha del Padre
en el cielo y en quince días será la solemnidad de Pentecostés: el envío del Espíritu Santo
sobre la primitiva comunidad cristiana y sobre el mundo; celebraciones muy importantes
para nuestra vida de fe.
En el Evangelio de hoy podemos distinguir tres promesas: Dios mora o habita en
aquellos que lo aman; Dios les enviará el don del Espíritu Santo, el Paráclito; y el Señor les
dará el don de la paz. Quien vive la paz evangélica es porque Dios trinidad (Padre, Hijo y
Espíritu Santo) están en él y esta presencia divina hace posible vivir el mandamiento del
amor y permanecer unido a Él y a la comunidad. De esta manera se unen las promesas
evangélicas.
“El que me ama, cumplirá mi palabra y mi padre lo amará y vendremos a él y
haremos en él nuestra morada” dice Jesús en el Evangelio de hoy. Por lo tanto, ser cristiano
es vivir en el amor, y para vivir en el amor es necesario meditar, guardar, conservar la
Palabra de Dios. Podemos decir que cumplir su Palabra quiere decir todo lo anterior. El
ejemplo lo encontramos en María quien “meditaba todas estas cosas en su corazón” (Lc
2,19).
Cuando vivimos el mandamiento del amor hacia Dios y el prójimo, hacemos posible
que el Señor habite en nuestro interior, en nuestro corazón. Nos hacemos casa, morada,
templo para Él. Podemos decir que el amor, como una decisión y no como un sentimiento
que mueve el viento, sino como algo estable, va unido a la fidelidad. Por eso quien ama
respeta al amado, es leal y cumple su voluntad.
“El Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las
cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”, dice la segunda promesa. Este Espíritu
lo recibimos en el Bautismo y de manera plena en la Confirmación. Éste hace posible la
unidad de la Iglesia y de los cristianos en un solo pueblo que camina hacia la casa del Padre.
Jesús no nos ha dejado solos sino que nos lo ha enviado y de Él recibimos sus siete dones:
sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
“La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz
ni se acobarden”, narra la tercera promesa. En esta parte aparece claramente en los
versículos siguientes del texto la despedida de Jesús. Pero les asegura que si guardan sus
Palabras y reciben al Espíritu Santo, la paz estará en sus corazones. Dice el Papa Francisco
que “hoy se necesitan constructores de paz, no provocadores de conflictos”. El discípulo de
Jesús debe ser un artesano de la paz, que no significa ausencia de problemas, sino que
implica que donde quiera que el cristiano se encuentre deberá llevar el mensaje de Jesús:
somos hermanos y somos hijos de un Padre que nos ama.
Finalmente, para ayudarnos en la reflexión, hagamos algunas preguntas: ¿qué
gestos o actitudes de mi vida manifiestan que cumplo la Palabra de Dios?, ¿cuidamos como
un gran tesoro esta Palabra, que es viva y eficaz, que guía nuestros pasos, que ilumina
nuestra vida?, ¿me esfuerzo por preparar en mi interior una digna morada a Dios que viene
a mi para habitar?, ¿invoco al Espíritu Santo en mi oración personal?, ¿le pido a este Espíritu
que me ilumine cuando debo tomar decisiones o hacer un discernimiento sobre el camino
a seguir?, ¿soy amante de la paz, es decir, llevo en mi corazón a Jesús y lo doy a los demás?
Hermanos, no olvidemos las promesas de Jesús, que son para todos, y que se
cumplen cuando no cerramos el corazón a Dios. Pide en tu oración estas tres cosas: que
Dios habite en ti, que tengas siempre la luz del Espíritu Santo y que puedas tener paz en tu
corazón y en tu familia.
Que el Señor te bendiga! Feliz domingo, día del Señor!







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