Desde los primeros casos y muertes por COVID-19 registradas en Wuhan, China
en diciembre del año 2019, hasta la fecha. En el mundo han ocurrido alrededor de
5 millones de defunciones. Estados Unidos encabeza la lista de los países más
afectados, con más de 763 700 decesos, le sigue Brasil con aproximadamente.
Nuestro país está en cuarto lugar con casi 290 mil fallecidos.
En pleno declive de la tercera ola y con el aliciente del avance de la vacunación
anticovid-19, la OMS y autoridades nacionales han advertido sobre una cuarta ola.
Esto significa que la pandemia y la muerte por COVID-19 no cesaran como todos
quisiéramos y se seguirán enlutando y llenando las familias y la sociedad.
Pero además, en México, desde enero de 2007, cuando el entonces presidente
Felipe Calderón, vestido de militar anunció desde una base militar de Michoacán,
el inicio de las operaciones de su guerra contra los carteles de las drogas, hasta
mediados de este año 2021, han sido asesinadas, según cifras oficiales, alrededor
de 350 mil personas y desaparecidas más más de 72 mil.
Las diversas estrategias sexenales, unas para intensificar y la actual para detener
esa guerra, no han dado resultados. Aunque el número de militares se ha
incrementado sustancialmente y se han encarcelado a jefes de carteles; estos se
han fragmentado y multiplicado ocupando más territorios, su dinero penetra
muchas actividades licitas, las armas de poder letal siguen entrando al país y la,
persistente violencia ahora normalizada, continúa casando muerte y desolación.
Otras causas menos espectaculares de mortalidad, pero más extendidas e
implacables, son las provocadas por enfermedades crónico-degenerativas. No
todos tienen familiares víctimas del COVID-19 o de la violencia homicida, pero la
gran mayoría tienen alguno con diabetes o hipertensión arterial. También todos
podemos constatar que pese a la información y los evidentes daños que causan
estas enfermedades, la mayoría siguen consumiendo lo que saben les acorta su
vida y deteriora la calidad con la que la viven. Cada dos años la Encuesta
Nacional de Nutrición y Salud nos informa de cómo se incrementa la obesidad, la
diabetes y la hipertensión. Está claro que saber, no es hacer y que la enfermedad
y la muerte no los intimida.
Pero, más allá de la percepción subjetiva alentada por los medios, ¿Cuál es la
realidad objetiva sobre las causas de muerte en los mexicanos?
Aunque en un análisis amplio de la mortalidad, desde el fin de la revolución
mexicana a la fecha, su tendencia descendente ha sido radical, de 23 por cada mil
mexicanos en 1940, hasta menos de 4.2 por cada mil en 2020. Igual ha cambiado
la esperanza de vida de 34 años en 1930 a más de 75 en 2020. Sin embargo al
aumentar la población de 18 millones a más de 126 millones, el número absoluto
de muertes, se incrementó. Así, en 2020, se registraron 1 086 743 defunciones.
Pese al aumento en nuestro país, de la muerte violenta por homicidios y
accidentes, el 92% de las defunciones fueron por enfermedades y problemas
relacionados con la salud. Las tres principales causas de muerte de este grupo
fueron: las enfermedades del corazón (218 704), la COVID-19 (200 256) y la
diabetes mellitus (151 019). La muerte por homicidio (36 773) ocupó el 8 lugar.
Como grandes determinantes de estos fallecimientos, están las pandemias de
enfermedades crónico-degenerativas, de obesidad, los malos hábitos alimenticios,
el sedentarismo. La mala salud de los mexicanos va aparejada a la prosperidad de
la industria de la chatarra y de las bebidas azucaradas y alcohólicas.
El 81% de los fallecidos, tuvo atención médica.. El 46.6% (506 910 personas)
falleció en su hogar y 43.0% (467 282) en un hospital. Del total de fallecidos, el
55.8 % (605 973 personas) tenía de 65 o más años. El 23% murió en el periodo
invernal (diciembre a febrero) y el 30% en el verano (junio a agosto).
Las enfermedades del corazón siguen siendo la principal causa de muerte, con
una tasa de 17.3 por cada 10 mil habitantes. La más alta es de la CdMx (22.8) y
la más baja de Quinta Roo (6.9). Tamaulipas tiene una tasa de 16.5. El 75.24%
de los fallecidos por esta causa, tenían 65 y más años de edad.
En México, la tasa de muerte por COVID-19 en 2020, fue de 16 por cada 10 mil
habitantes. La mayor es de la CdMx (32), la más baja en Oaxaca (8) y Chiapas
(5). En Tamaulipas (en 18º. lugar) fue de 14 por 10 mil, menor a la nacional. El
48.32% (96 762) de las muertes, ocurrió en personas de 65 y más años.
En cuarto lugar están las defunciones por neumonía e influenza. El 54.87%
ocurrió en el grupo de edad de 65 años y más años.
En cuanto a homicidios, en 2020 fueron registrados oficialmente 36 773 muertes
por esta causa. El 87.9% (32 336) fue en hombres. En 2017, la tasa fue de 25
homicidios por cada 100 mil habitantes. Una cifra mayor que la de Colombia.
Ahora en 2020 la tasa ascendió a 29.1. La tendencia es creciente, aún
considerando que los registros de años anteriores están distorsionados por la
subnotificación.
Cada muerte es un duelo, que para ser afrontado y superado apropiadamente, nos
exige poner en juego todos nuestros recursos emocionales y materiales
personales. Muchas veces estos recursos no bastan o están agotados ya por otras
crisis acumuladas, como la económica, la de salud o la familiar. Es entonces
cuando necesitamos ayuda adicional profesional ya sea de particulares, de
instituciones públicas o de la sociedad civil. Pero cada año ocurren en México
alrededor de un millón de muertes. La mayoría no es de ancianos que después de
una larga vida saludable mueren en paz, sin sufrimiento, rodeados de una familia,
con estabilidad económica, armónica, integrada y funcional. El panorama del morir
en México se ha saturado de causas de muerte ligadas al sufrimiento físico, al alto
costo y de complejidad en su manejo médico y de asistencia social.
¿Qué hacer entonces cuándo las instituciones de salud y los profesionales
especializados en ese campo, están rebasados por la abrumadora magnitud y
tendencia creciente de este saldo de los radicales cambios de este inicio de siglo?
Cómo siempre queda la reserva de resiliencia familiar y comunitaria sostenida por
la cultura, las creencias y tradiciones compartidas para hacer frente a las
adversidades y las pérdidas, haciendo acopio de los recursos con los que ya contamos,
para reorganizarnos, resignificar nuestras experiencias dolorosas y retomar el curso de
nuestras vidas fortalecidos, con nuevos aprendizajes y mayor poder. Ese es precisamente
el valor de la entrañable tradición del Día de Muertos. Un recurso tanatológico que
tenemos los mexicanos, que es culturalmente natural y efectivo, para reunirnos
emocionalmente con nuestros seres queridos que ya partieron y elaborar socialmente
nuestro duelo colectivo. Comer, beber, orar, cantar, llorar también y ejercer el arte de vivir.

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