En febrero de 1876 falleció en Ciudad Victoria doña María del Refugio Molano,
madre del general Servando Canales Molano, gobernador de Tamaulipas. Ese año se unió
al Plan de Tuxtepec, un movimiento militar acaudillado por el oaxaqueño Porfirio Díaz con
el propósito de destituir al presidente Sebastián Lerdo de Tejada. Como era de esperarse,
el sepelio de la distinguida dama en el Cementerio Municipal del Cero Morelos, conmocionó
a su familia y toda la sociedad.
Desde muy joven, Canales se granjeó el respeto de los liberales al declararse del
bando republicano. En cambio, mientras gobernaba sus enemigos lo acusaron de mantener
el control a cualquier precio, ser un político oportunista, déspota, convenenciero y miembro
de varios partidos. Portaba en su cintura una monumental daga, y por ello lo apodaron El
Tigre de la Frontera y El Azote de Tamaulipas que comandaba a Los Canaleños, un grupo de
fieles soldados rifleros y civiles. Por su parte el gremio de jornaleros agrícolas que votó por
él durante las elecciones, le decía de cariño El Tío Servando.
Ni Don Benito Juárez, menos el General Díaz fueron capaces de controlar las
ambiciones caciquiles de aquel personaje pintoresco que vestía prendas estrafalarias. Se
ostentaba defensor de los intereses del pueblo, bajo el lema: “Todo para Tamaulipas, todo
para los tamaulipecos.” Políticamente, era lo que en términos vulgares actualmente se
califica como: “Un pez enjabonado o un catán de recodo.”
Desde tiempos juveniles, cuando acompañó a su padre en la frontera durante la
lucha contra la intervención norteamericana, se caracterizó por su audacia y valentía. Como
buen hijo, siempre mostró especial afecto hacia su madre de quien se comentaba: “… era
una mujer adorada de bellas y relevantes cualidades. Esposa fiel y cariñosa…” Sobre esta
exacerbada devoción, el licenciado Emilio Portes Gil narra en el libro El General y Guerrillero
Pedro José Méndez, que a los 19 años de edad descubrió que su padre tenía una amante
de nombre Blasa en Ciudad Victoria. Por tal motivo una desafortunada noche, el ofendido
por aquel acto contra la moral pública: “…se presentó en la casa de dicha señora,
habiéndole causado la muerte.”
Sobre el mismo tema, el periódico El Universal de noviembre de 1849 publicó de
manera discreta en las páginas interiores, una breve reseña del fatal acontecimiento: “El
día once del mes anterior, un joven hijo de una autoridad respetable de Tamaulipas, mató
de un pistoletazo a una señora, que dicen llevaba algunas relaciones con su padre. EL
asesino se había fugado inmediatamente que perpetuó aquel crimen.” El cronista de
Matamoros Florentino Cuéllar, escribió una monografía de San Fernando donde aclara que
el homicida huyó a San Fernando y después a San Antonio, Texas. En cuanto a Esiquia hija
de Blasa, fue recogida por la familia Cárdenas quien la educó. Cuando era señorita Servando
Canales la reconoció como hermana y contrajo matrimonio con el general Rómulo Cuéllar,
gobernador de Tamaulipas. La dama falleció en 1901.
Otro hecho que puso a prueba su temple y culto extraordinario hacia la autora de
sus días, sucedió mientras se encontraba en Tula de Tamaulipas en plena campaña militar
contra los lerdistas. Desde Ciudad Victoria, el general Ascención Gómez le informó sobre un
grupo de contrarrevolucionarios que escaparon de prisión y se dirigieron hacia el
cementerio, donde extrajeron el féretro y restos mortuorios de Doña Refugio. Una vez
logrado su perverso objetivo, pasearon el cajón por las calles de la localidad como si se
tratara de un festejo público. Al final abandonaron el ataúd en uno de los callejones, donde
algunas almas caritativas lo recogieron trasladándolo de nuevo al panteón. Este agravio
inmoral, debió haber indignado al general Servando, al grado de provocarle una furia
rabiosa y deseos de venganza.
Al retornar a la capital tamaulipeca, después de triunfar en la Batalla de las Antonias
cerca del municipio de Bustamante, inmediatamente ordenó que condujeran ante su
presencia a los autores de aquella fechoría sin nombre. Cosas del destino, cuando los
presentaron liados de pies y manos en la Casa de Gobierno frente a la Plaza Hidalgo, los
generales Ignacio Martínez, Jesús Toledo y varios militares imaginaron que el grupo de
maleantes pagarían con su vida, por atreverse a profanar la sagrada tumba de su
progenitora. Sin embargo, para sorpresa de todos el general decidió no enviarlos al paredón
de fusilamiento: “…les expresó que les perdonaba aquel acto tan vergonzoso, pero como la
patria estaba en peligro, procedía desde luego a incorporarlos a sus fuerzas.” Lo mismo hizo
con el resto de los prisioneros a quienes concedió amnistía, firmada por su secretario
Tarquino Jiménez.
Al conocer que habían salvado su vida, a punto del llanto los prisioneros no daban
crédito a las palabras salidas de boca del general. Mientras algunos de ellos se arrodillaban
ofreciendo disculpas, otros de manera espontánea: “…se lanzaron a abrazarlo y los recibió
paternalmente y accedió a la súplica que le hicieron de pertenecer a sus fuerzas, y fueron
posteriormente de sus más leales soldados.”
Cuando la gente se enteró de las bondades de Canales, la noticia se divulgó
rápidamente por toda la ciudad. Juan Manuel Torrea uno de sus primeros biógrafos, cuenta
que la historia terminó cuando el General Toledo que era tartamudo no pudo resistir aquella
decisión y dijo a su jefe: “Yo al que proooffannase el caaadaveer de mi maaadre, lo fussillo
veeeinte veeeces… eso tú, pero es que olvidas que a Jesucristo le dieron una cachetada y
puso el otro carrillo para recibir otra….pues yo que al lado de aquél soy un conejo, los
perdono.”
Transcurridos varios años el general y soldado patriota, se retiró a radicar en
Matamoros en una mansión del empresario irlandés Patricio Milmo O’Dowd, yerno de
Santiago Vidaurri donde falleció el 28 de junio de 1881. Su médico de cabecera le
diagnosticó úlcera estomacal que le provocó grandes sufrimientos. Para entonces era
gobernador de Tamaulipas su hermano el Coronel Antonio Canales, quien temporalmente
había trasladado los poderes del estado a la mencionada población fronteriza.
Si bien Servando se caracterizó por sus ocurrencias espontáneas y estilo personal de
gobernar, también fue un hombre inteligente, pragmático y experimentado estratega
ganador de batallas. Como dice El Diario del Hogar (27 de noviembre/1881) “En su vida
privada estaba adornado este campeón fronterizo de excelentes cualidades. Cariñoso y
buen hijo, inmejorable hermano, fiel amigo, generoso con sus enemigos, logró conquistarse
el respeto y admiración de todos.

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