Es una masacre que nadie olvida y mucho menos aquellos que
estuvieron allí y que escaparon de los balazos de un gobierno
dictador que veía en el rostro de cada estudiante universitario
a un verdadero enemigo.
No tenía yo la edad, pero muchos años después me topé con
algo que me dejó helado, algo que si se hubiera publicado,
como lo intenté, inyectaría de esperanza a muchos padres de
familia que perdieron a sus hijos en la matanza de la Plaza de
las Tres Culturas, en Tlatelolco, allá en el Distrito Federal,
por lo menos para saber donde quedaron sus cadáveres.
Era una noche fría y lluviosa, pero digna para una farra y a
eso de la media noche, medios tomados, junto con tres amigos
caminaba por la avenida Reforma luego de regresar de una
fiesta a casa y nos ganó la necesidad de “hacer el uno”, muy
penado en el DF si te sorprende la policía.
Con sorpresa vimos a nuestra derecha un enorme predio
cercado con lámina y nos aproximamos. Una de ellas, de las
láminas, estaba despegada y entramos al lugar en medio de la
oscuridad, y a lo lejos vimos el brillo de una hoguera y a un
señor que tomaba café y nos acercamos.
Primero, pedimos disculpas por invasores y, luego, le
pregunté que sucedía con el predio sumamente escarbado,
lleno de piedras, de lodo y cero árboles. “Aquí era un lupanar
en los tiempos de Pancho Villa. Aquí mataron a muchas
chamacotas y ahora van a construir por eso están en
limpieza”, solo dijo el señor.
Le dimos las gracias y avanzamos hacia la salida.
Caminábamos lento para no resbalarnos con el lodo y de
pronto pise algo que tronó como si fuera una bola de coco. Me
detuve, lo recogí y lo guarde en mi abultada chamarra.
Rumbo a la casa, ubicada a unas cuadras de Tlatelolco, nos
detuvo una patrulla policiaca. No se bajaron los uniformados
de la unidad y nos pidieron que ya nos fuéramos a dormir.
Ya en casa y, curioso como soy, saqué lo que traía en la
chamarra. Era una especie de cráneo con un orificio en la
frente. Lo limpié con agua y quedé sorprendido, una pieza
que un día después la lleve a la Facultad de Medicina de la
UNAM, institución en la que estudié periodismo, donde fue
examinado. El resultado fue que si, que era el resto de una
cabeza de mujer y que tenía una antigüedad que bien
coincidía con la matanza de 1968 en la Plaza de las Tres
Culturas y el orificio era la huella de una bala entre ceja y
ceja.
Eso me dejó frío y en ese entonces yo tenía un trabajo
temporal en Imevisión, allá en el Ajusco, lugar donde puse al
tanto de este hecho a mi jefa inmediata a quien le pedí que me
permitiera hacer un amplio reportaje. Anonadada, consultó a
sus superiores y el resultado fue una negativa, porque lo que
tenía en la mano era una bomba de tiempo.
Insistí en que esa empresa de gobierno debería considerar la
desesperación de los padres de familia que aun buscan a sus
hijos, -se habla de mil desaparecidos y 400 estudiantes
muertos- y también del raiting, porque un reportaje de ese
tamaño tendría un alcance internacional.
Pero nada de nada, y de hecho me pidieron que no
comunicara este suceso a otras empresas televisivas, inclusive
las privadas, porque correría peligro mi seguridad.
El cráneo no se que fin tuvo y el tema y mi inquietud se
disolvieron como vapor, mientras que año con año cientos de
maestros y estudiantes universitarias marchan por las calles
del Distrito Federal para recordar aquel amargo hecho que a
todos nos sacude.
Libros se escribieron sobre la matanza del 68, pero ninguno
menciona este detalle de verdadera importancia.
Hace dos años, cuando visité la capital mexicana, miré desde
un taxi el lugar, ubicado a un lado de lo que fue la Secretaria
de Relaciones Exteriores, un lugar que luce una construcción
moderna.
No tenía yo la edad, pero tuve en mis manos un resto humano
no de una meretriz de la época del Centauro del Norte, sino,
tal vez, de una estudiante universitaria que protestó contra el
mal gobierno y que formó parte de los cientos de caídos en
una masacre que aun duele porque duele.
Este 2 de Octubre se cumple un año más y como mexicanos no
se olvida, menos aun entre todos aquellos sobrevivientes,
algunos de Ciudad Victoria, Tamaulipas, que se aprietan
fuerte sus manos para evitar que regresen a su mente aquellos
momentos de miedo y de dolor, que les tocó vivir.
Solidarios con los padres de hijos desaparecidos en la Noche
de Tlatelolco, somos, pero eso nunca ha sido suficiente.
Por un hijo desaparecido, el dolor no se puede ocultar.
Y esta modesta colaboración, va por ellos.
Correo electrónico: tecnico.lobo1@gmail.com

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