La apología El Glorioso Grito de Dolores, publicada en el periódico El Despertador de
Tamaulipas -2 de octubre de 1831-, nos hace suponer que una de las primeras ceremonias
conmemorativas de la Independencia en Ciudad Victoria, sucedió durante el primer
período de gobierno de Francisco Vital Fernández:
Del Inmortal Hidalgo,
vedle que trae en torno de las cienes,
Laureles que los Casas y Jiménez,
Héroes tamaulipecos,
Cortaron en la lid la independencia,
Sosteniendo con presta diligencia,
de Dolores los ecos…
Salid, corred, tamaulipecas bellas,
que el patrio suelo ornáis, cual las estrellas,
el alto firmamento.
Desde entonces, las fiestas patrias celebradas en septiembre, representan una de
las manifestaciones más entusiastas del pueblo tamaulipeco. Dicho festejo cívico, atrae a
gobernantes y gobernados a un escenario de convivencia y unidad patriótica, mientras los
ciudadanos atiborran las plazas públicas para escuchar el discurso repetitivo, surgido como
un trueno desde el balcón del palacio de gobierno.
Otra de las ceremonias memorables de ese tipo, se realizó entre el 13 y 15 de
septiembre de 1848, al final del gobierno del mencionado mandatario en el contexto de su
último informe administrativo, tres días antes de entregar el cargo a Jesús Cárdenas. Esa
ocasión, la Junta Patriótica o comité cívico preparó un programa muy completo, para darle
mayor lucimiento a los festejos del Grito de Dolores.
Tradicionalmente, al menos hasta finales del siglo XIX los informes gubernamentales
o entrega de estafeta al sucesor, se realizaban el 15 de septiembre como parte de la
parafernalia conmemorativa de la independencia. Aquella fecha, la iglesia católica
celebraba misa y autorizaba el repique de campanas en la parroquia de Nuestra Señora del
Refugio. Al mismo tiempo organizaban fuegos artificiales, mientras alrededor de la Plaza
Principal los vecinos iluminaban las residencias con candelabros y los empleados de
gobierno, diputados, alcaldes y pueblo en general se volcaban gustosos en una verbena
popular.
Aquella ocasión, Fernández estrenó una bandera mexicana que hizo ondear en el
techo de la Secretaría General de Gobierno como muestra de patriotismo. En las columnas
de la residencia del gobernador se colocaba el escudo nacional y los retratos de Hidalgo,
Iturbide, Morelos y Terán. “A la hora del grito inmortal de Dolores, resonó también
uniforme en esta ciudad un repique a vuelo, inmensos tiros, una salva de artillería, las
músicas y las vivas, sobre todo el entusiasmo general y el placer que resaltaba en todos los
rostros […]” cuando escucharon los nombres, pronunciados por el mandatario.
Los días 16 y 17 también fueron de fiesta y discursos en la plaza principal Hidalgo,
adornada con figuras de caudillos de la independencia y columnas masónicas. La pieza
oratoria estuvo a cargo de Rufino Rodríguez y celebraron un baile con músicos de la banda
del ayuntamiento que acudió a casa del doctor Ramón F. Valdés, autor del retrato de
Vicente Guerrero.
Los festejos parecían no tener fin, en una mezcla entre conmemoración de la
independencia y despedida del político perteneciente a la dinastía de los Fernández. El
domingo, “[…] con la clara luna y temperatura siciliana” hubo baile popular y se presentó la
pieza teatral El Alquimista de Alejandro Dumas. La celebración duró hasta altas horas de la
madrugada del 18 de septiembre, sin incidentes desagradables que comentar del cronista.
Si bien los festejos de independencia no fueron tan faustuosos como en el período
de Vital Fernández, en septiembre de 1850 dichos actos se organizaron nuevamente en
Ciudad Victoria con mayor patriotismo que recursos económicos, sin faltar la pieza oratoria
en voz de Vicente Coello que estremeció el corazón de la concurrencia. En medio de
conflictos políticos y muerte de su antecesor, Jesús Cárdenas dejó el gobierno pero después
de un breve período del general Antonio Canales Rosillo, en septiembre de 1851 volvió
nuevamente a ocupar el cargo.
Al correr de los años, con la reivindicación de Iturbide, el tema de independencia se
colocó en el tapete de las discusiones. Sin embargo, la mayoría de los pobladores estaban
poco interesados esas polémicas, y más bien centraban su atención en el festejo. Así
sucedió en Palmillas en agosto de 1867, cuando un grupo de damas distinguidas de esta
comunidad progresista de la Sierra Madre Oriental, organizó una colecta para la
solemnización del 16 de septiembre.
El profesor Alberto Villasana, pronunció un largo discurso en tono optimista: “Todo
sonríe a nuestro derredor, todo presenta el halagüeño cuadro de regocijo: el pueblo se
prepara a la gran fiesta nacional, a la festividad de la patria que da principio esta noche.”
Los acontecimientos no le era ajenos a Villasana, quien desde su trinchera infantil presenció
como se desarrollaban dicho ritual en Tula, donde escuchó resonar los nombres de Miguel
Hidalgo, José María Morelos y de Ignacio Allende.
Personaje clave de principios liberales, su emotiva “Oración Cívica” del 15 de
septiembre, inició con la más pura retórica decimonónica: “Heme aquí extático, agobiado
por la emoción, sofocado por sentimientos que mal podré expresar, anonadado bajo el peso
de las ideas que en mi cerebro se acumulan ofuscando el raciocinio. El ambiente que respiro
impregnado de emanaciones celestiales ensancha y dilata mi corazón; la brisa que toca mi
frente la vuelve aún más ardorosa.”
El maestro habló de la historia de México desde el período prehispánico y los
personajes mexicas. También sobre la lucha independentista que encabezó Hidalgo y
Allende. Para concluir, el orador de alegorías verbales coronó su discurso con una
veneración poética, sacrosanta a la patria sobreviviente del peso de la guerra y otros
conflictos.
¡Viva Sánchez Camacho…Mueran Los Gachupines!
A lo largo de la historia, no todos los gritos de independencia celebrados en la capital
tamaulipeca tuvieron el mismo formato. Un grito célebre, particularmente interesante
sucedió en 1896, cuando el espíritu anti hispánico se dejó sentir aquella noche, cuando un
enorme escándalo interrumpió la tranquilidad. La crónica refiere sobre un grupo
encabezado por el presidente municipal Sr. Balboa (sic), autoridades y personas “…de poca
representación” quienes recorrieron las avenidas entre gritos y arengas. A las 10 de la
noche, partieron de la Plaza de Armas dirigiéndose a la calle Hidalgo. Después de un
kilómetro, llegaron a casa del gobernador Guadalupe Mainero. Después de unos minutos,
el contingente retornó al punto de partida donde concluyó el desfile.
El Correo Español habla de las consignas contra la colonia ibérica en Victoria. “La
manifestación estuvo desordenada a más no poder. Más que gente de razón parecía aquello
una turba de locos, movidos al compás de una pésima charanga. Se dieron gritos de “Viva
Cuba Libre, Viva el General Maceo, Muera el General Weyer, Viva Eduardo Sánchez
Camacho y Mueran Los Gachupines. Aquella gente, en fin, no sabía que gritar. Algunos
mexicanos amigos del orden, fueron objeto de mueras en la turba.
“¿Así es como se celebra la independencia de un país, preguntamos nosotros? No
terminó la manifestación sin empellones y algunas pedradas a las puertas de la casa de
nuestro estimado amigo y honrado compatriota don Pablo Lavín y eso en los momentos en
que dicho señor se encontraba gravemente enfermo, casi en peligro de morir.”
A principios del siglo XX, gritos menos peores y ruidosos se escucharon en Santa
Bárbara, Tula y otros municipios de Tamaulipas. Por ejemplo septiembre de 1906, se formó
en la Villa de Guerrero un Grupo Femenil Patriótico Mutualista, dirigido por Elvira I. de
Escutia y Pilar Flores Domínguez. Ellas se unieron a la Junta Patriótica por tres propósitos:
festejar el día de la independencia, el nacimiento de Porfirio Díaz y la colocación de un
monumento en recuerdo a la Batalla de Santa Gertrudis.
Durante la construcción de la conciencia histórica tamaulipeca, al menos hasta el
triunfo de la república la principal fiesta cívica se relacionaba con el inicio de la guerra de
independencia. Sobre el tema, abundan testimonios en poblaciones del centro, sur de la
entidad y villas frontera. Los ciudadanos de este territorio terminaron por reconocerse en
el discurso ceremonial a favor de los insurgentes. En cambio en Tampico, aunque de manera
sesgada incluían a Iturbide de quien se declararon adictos.
Sin lugar a dudas una de las ceremonias del grito más célebres en México, sucedió
en 1910 con motivo del centenario de la independencia. En Victoria por ejemplo, además
de liberar a sesenta y cinco reos, se desarrolló un extenso programa a cargo del maestro
Lauro Aguirre, quien lo consigna detalladamente en el Álbum del Centenario de casi
doscientas páginas en papel couché. Incluye fotografías y una interesante crónica de las
actividades agrícolas, ganaderas, culturales, educativas, deportivas, cívicas y otros rubros.

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