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Embalsamador de Maximiliano en Victoria

Por: Agencias
octubre 28, 2020
in Opinion

Como su apellido lo indica, Porfirio M. Bueno era un hombre generoso,
acomedido y servicial, incapaz de ofender a nadie. Por ello, cuando el periódico La
Raza (enero de 1923), publicó la noticia de su fallecimiento en Ciudad Victoria, los
vecinos y autoridades se sorprendieron al conocer los méritos del personaje que
acababa de pasar a mejor vida. Se trataba del responsable de la aplicación de las
sustancias químicas cuando embalsamaron los cuerpos del Archiduque de Austria y
Emperador Maximiliano de Hamburgo, Miguel Miramón y Tomás Mejía, fusilados el
19 de julio de 1867 en el Cerro de las Campanas en Querétaro.

Este veterano de la Guerra de la Intervención Francesa, sirvió al ejército
republicano como Capitán Primero Farmacéutico del Ejército de Oriente que
intervino en el Sitio de Querétaro, durante los meses de lucha que hicieron posible la
rendición de Maximiliano y algunos seguidores. En aquel tiempo Porfirio Bueno fue
considerado un héroe de la patria, gracias a las cuatro acciones de guerra con el
general Mariano Escobedo. Sin embargo, posteriormente la memoria oficial borró
sus hazañas y motivo de orgullo en el acontecimiento histórico.

Gracias a la colaboración de los masones victorenses, los funerales del viejo
de soldado liberal, estuvieron bien organizados y bastante concurridos. Al momento
de rendirle honores en el cementerio, estuvieron los jefes y soldados de la Jefatura
de la Guarnición de Armas de la Plaza. Igual lo acompañaron hasta su última
morada, Antonio Coronado -rico comerciante y comisionista de Santa Engracia- y
Saturnino Lara, quienes pronunciaron emotivas alocuciones enalteciendo sus
arrojos patrióticos con el ejército republicano. Otro de los asistentes al sepelio fue
su hermano Arturo Bueno, también farmacéutico.

Porfirio fue un hombre decimonónico, originario de Tula, Tamaulipas (1848).
Al concluir sus estudios de farmacia, se dedicó de inmediato al ejercicio privado de
su profesión, hasta el inicio de la Guerra de Intervención Francesa cuando ingresó a
las filas del ejército mexicano. En febrero de 1878 lo encontramos en su tierra natal,
involucrado en actividades propias de la medicina, droguería y farmacia.

Testimonios periodísticos de ese tiempo como La Colonia Española, afirman que sin
importar horario, don Porfirio preparaba afanosamente complicadas fórmulas
químicas para aliviar a enfermos.

Durante varios años, el negocio ubicado en la calle Lerdo de Tejada marchó
satisfactoriamente. La situación se complicó cuando las autoridades de Hacienda le
aplicaron una cuota de impuestos anual. En poco tiempo, esa disposición llevó a la
ruina el único comercio de Tula, donde se elaboraban cápsulas, pastillas, jarabes y
otras sustancias con mezcla de ácidos, sales y diversos productos químicos. Al
disminuir considerablemente sus ingresos, don Porfirio no logró liquidar las deudas
fiscales. Al tiempo las autoridades del Ayuntamiento de Tula, que entonces tenía
veinte mil habitantes, clausuraron el negocio que sostenía a su familia

En poco tiempo, los pobladores vieron que la prestigiada botica, se convirtió
en un modesto changarro, donde vendían pastura para el ganado y utensilios
agrícolas. En tanto, los frascos de elementos raros que se exhibían en los anaqueles,
fueron sustituidos por botellas de vino mezcal: “…escobetas de ixtle o peines,
sopladores de petate o aventadores, cedazos de crin, tabacos de Río Blanco y otros
objetos por el estilo.” Indignado, don Porfirio sobrevivió los momentos difíciles.

El farmacéutico era un hombre culto, aficionado a la lectura y escritura. En
1905, editó en la Imprenta del periodista Telésforo Villasana el opúsculo: “El
Progreso de Tula de Tamaulipas” (16 pp.), del cual no fue posible localizar un
ejemplar. Probablemente el ensayo aborda la bonanza económica de esa población.

Pasado el tiempo, el anciano recuperó su negocio gracias al apoyo de su
hermano Armando y varios amigos. A finales de 1908, ambos personajes y otros
tultecos del Club Político Progreso apoyaron la candidatura de José María Guillén a
la presidencia municipal. Por esos días, por cuestiones de trabajo se trasladó a vivir
temporalmente en Guanajuato, pero retornó a Tula en septiembre cuando le
avisaron del fallecimiento de su esposa Julia Reyna, originaria de Matehuala, San
Luis Potosí.

Poco se conoce acerca de su vida personal y descendencia. Actas del registro
civil mencionan que en Tula nacieron dos personas del mismo nombre, fallecidos en
1897 y 1913. En 1910, Bueno promovió un amparo en contra de los actos del
gobernador Juan B. Castelló. Queda claro que estas circunstancias, precaria salud y
asuntos familiares, lo orillaron abandonar esa población serrana y radicar en Ciudad
Victoria, donde lo sorprendió la muerte en diciembre de 1922.

Al morir, dejó un patrimonio de varias casas en Tula que por un edicto de
enero de 1937, las autoridades civiles dieron a conocer en el periódico El Gallito. El
requerimiento estaba dirigido a personas y familiares que tuvieran derecho a la
herencia, con el propósito de realizar un juicio intestamentario de bienes.

Vale recordar que hace muchos años, las farmacias eran conocidas como
boticas o droguerías. Durante las primeras décadas del siglo XX fueron famosas: La
Central del doctor Felipe Pérez, Cabido de Rafael Cabido -socio de Felipe González,
fundador de Farmacia El Fénix-, La Playa de Georgina B. de Jaques, donde se surtían
“recetas escrupulosas”, González del doctor Arturo González Garza, del Mercado de
Rogelio Guerra, Popular de Andrés E. Luna, Hidalgo de L. Espinosa y del Carmen de
Armando Bueno, enfrente de la Plaza Primero de Mayo. De acuerdo al cronista Vidal
Efrén Covián Martínez, dicho negocio cambió de nombre y propietarios quienes lo
sostuvieron en el mismo lugar a lo largo de varias décadas.

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