Recibe mis saludos y deseos de bienestar para ti y tu familia.
Quiero relatarte que hace ya algunos lustros coincidí fortuitamente con una mujer de poco más de cincuenta
años de edad. Fue en un autobús, en trayecto a laborar en mi natal ciudad, Torreón, Coahuila.
Eso que para mí fue una simple casualidad, empezó a dejar de serlo al momento en que ella empezó a
platicarme de una reciente enfermedad de su hija, de la cual gracias a Dios sanó y estaba ya restablecida a su
cotidiana actividad.
También me comentó de su madre, quien tenía alrededor de ochenta años de edad y de repetidas maneras
la mencionaba como su incondicional compañera.
Esta mujer de quien te hablo, me contó que siente continuamente una inevitable necesidad de estar tomando
la mano de su mamá para sentirse tranquila y segura.
Los caminos de la vida – por lo que me siguió diciendo – la llevaron a ella y a su familia, de la plena abundancia
a prácticamente la absoluta escasez.
Me dijo: “a veces pienso que no tengo algo para lo cual vivir; he pensado en hacerme daño, en suicidarme”.
De otra parte, en fecha mucho más reciente y “aparentemente” (así, entrecomillado) a causa de la pandemia
del COVID-19, una mujer me dijo textualmente:“estoy muy cansada, Doctor, esta situación de verdad me ha
rebasado. En mi casa todos nos llevamos bien; pese a ello, todo es un caos para mí. Ya no quiero estar aquí,
todo esto carece de sentido. Igual me pasa en mi trabajo, nada de lo que hago me satisface, me siento como
vacía”.
Estas advertencias, tomadas sutilmente, tal vez signifiquen poco o nada, sobre todo considerando que
provienen de una “casual” (también entrecomillado) compañera de asiento en un viaje, de alguien a quien
recientemente había conocido, así como de una persona a quien brindé intervención tanatológica y que por
ese motivo vi por vez primera.
Sin embargo, dándoles la importancia que considero revisten, son motivos de alerta, de poner atención a sus
mensajes: ¡mucha atención!
Ello derivado de que existen mitos acerca del suicidio, y uno de ellos es el que se refiere a lo siguiente: “quien
habla de suicidarse, jamás lo hará”, o más coloquialmente -vox populi-“perro que ladra no muerde”.
Es ingenuo pensar en ello. Si lo está citando, es menester brindar cuidados, extremarlos incluso.
Expreso todo esto sustentado en palabras de Fernando Quintanar: “el suicidio es una decisión”. Este autor
define al suicidio como la “acción de una persona por quitarse la vida de forma voluntaria y deliberada, ya sea
de manera directa o rechazando un tratamiento necesario para mantener la propia vida de modo
evidentemente activo o asumiendo una actitud pasiva”.
Por su parte, Alfonso Reyes Zubiría apunta: “quien intenta el suicidio es una persona – no importa su edad,
sexo, cultura, religión, situación económica o social, vida familiar ni su salud – que padece uno de los dos
dolores más fuertes que existen: el de la desesperanza”.
Considero pertinente aclarar que para este autor el otro intenso dolor que enfrentamos las personas es de la
muerte.
El propio Dr. Reyes Zubiría define tres momentos del suicidio: ideación suicida; conducta suicida y acto
suicida. Lo cual hace notar que dicho acto se desencadena con pensar en hacerlo: “quien se mató… empezó
a hacerlo mucho antes de jalar el gatillo”, refiere el autor.
Complemento lo anterior con la visión transpersonal del suicidio del Dr. Marco Antonio Polo Scott, quien lo
define como “un acontecimiento transpersonal, doloroso y displacentero que produce una carga emotiva que
no es posible de ser simbolizada adecuadamente, llevando a la persona a la insoportabilidad de la realidad y
buscar la muerte como una solución.”
Cita que el suicidio no es un hecho aislado, sino un proceso, que inicia con un acontecimiento detonante de
percepción de desastre. Es por eso que párrafos arriba mencioné la palabra “aparentemente”, porque ese
suceso (la pandemia) es en ese caso meramente el hecho que hizo explotar lo que tenía ya años encapsulado
en la mente de ese ser.
Ante la carga emotiva que genera ese acontecimiento detonante, llega el momento de que esa persona tiene
la percepción de una insoportabilidad del sufrimiento, lo cual puede desencadenar en el acto suicida, se
consume éste o no.
Por todo ello, reitero y enfatizo que esos comentarios son motivo de escucha y cuidado, ya que es necesario
que estas mujeres – quienes por cierto gozan de buena salud física – modifiquen sus patrones de pensamiento
y que identifiquen, se den cuenta de que existen muchas puertas abiertas.
Que hay luces que aunque parecen languidecer cada vez más, están afortunadamente prendidas. Siguen
iluminando su vida.
Sólo es cuestión de que hagan consciencia de que hay opciones y, por supuesto, muchos e incontables
motivos para seguir viviendo.
Múltiples razones que bien pueden contribuir a encontrarle sentido a su vida, pues como lo expresa Sócrates:
“el hombre que no piensa sino en vivir, no vive”.
Estoy consciente de que la información per sé no genera cambio alguno, pero es mi esperanza que quien me
acompañe en la lectura de estas líneas pueda alertarse, estar atento y tal vez así pueda impedir alguna
situación desagradable, dolorosa, irreparable.
Deseo fervientemente que esto que hoy te comparto, en algún lugar, tal vez recóndito, sea una luz que se
encienda.
Me despido con fe y esperanza de que pronto nos reencontraremos.







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