Desde tiempo atrás soy asiduo seguidor del programa de cable “Hombres
primitivos”, que se transmite por Discovery Latinoamérica, que hace una serie de
recreaciones, de una extraña familia en una apartada región de Alaska y que para
variar, esa es la provincia No. 49 de los Estados Unidos de América.
La misión principal de Billy Brown, el líder de la manada, es preservar la especie
familiar con sus costumbres americanas y lograr la autosuficiencia agroalimentaria,
por lo que ha adoptado en pleno siglo 21, las tradiciones orales y las formas de
organización de los cazadores y recolectores que prevalecieron en la prehistoria.
Quizá ese estilo de vida indómito y excéntrico está fuera de nuestra realidad, pero
Billy y su esposa Larene Branson, junto a sus 7 hijos, tienen un enorme respeto por
el medio ambiente y los cultivos sustentables y con bastante fe en Dios, pretenden
dejar un gran legado a las nuevas generaciones de su cerrado clan.
Nadie sabe si conseguirán su meta, sin embargo cada día trabajan en sus hortalizas
de cebolla, tomate, zanahoria y papa, además de aprovechar las bondades del
fuego, cocinan vegetales, conejos, venados, bisontes y osos, y por si fuera poco,
sus casas están construidas con maderas, para atajarse de la nieve, lluvia y sol.
De esa resiliencia inspirada en el programa “Hombres primitivos”, pasamos a un
tema complicado, en cualquier foro regional de negocios, de agricultura y desarrollo
sustentable, los funcionarios, investigadores y especialistas, siempre se preguntan
¿Cuánto produce cada persona, para satisfacer sus necesidades alimentarias?
Una familia acomodada de Los Ángeles, Atlanta, Chicago, Nueva York, Monterrey
y CDMX, demanda insumos básicos y tiene el poder adquisitivo para comprar sus
comestibles en almacenes de prestigio y su preocupación constante, es saber, si en
algún momento acontezca una carestía y se tope con la insuficiencia de productos.
Este fenómeno lo estamos viendo en muchas megalópolis de Asia, África y América,
en donde ya no existen provisiones básicas, dado que los humanos se encuentran
en la parte alta de la cadena alimenticia, por lo que urge que los gobiernos y ONGs,
impulsen en las urbes, la siembra artesanal de legumbres, arroz, frijol y maíz.
Hay una idea global para que las familias cosechen en huertos vecinales, acelgas,
lechugas, coliflor, brócoli, repollo y rábanos, en la red circula un texto del gobierno
de Bolivia, que “busca contar con alimentos rápidos y frescos, diversificar la dieta
familiar, mejorar la producción de alimentos y producir alimentos todo el año”.
En un blog de una aseguradora de España, una gráfica señala cuánto come una
persona al año, por ejemplo, demanda 12.66 litros de aceite; 8.57 kg de huevos, 3.91
kg de arroz; 3.69 kg de azúcar; 3.10 kg de legumbres; 99.5 kg de fruta; 82.61 kg de
hortalizas; 50.15 kg de carne; 39.60 kg de derivados lácteos; 34.65 kg de pan.
Es un caos proveer los insumos y de los mayores retos, es modificar los hábitos
alimenticios de las familias (dieta sana), la emisión de gases tóxicos en las zonas
densamente pobladas que detona el cambio climático y la pérdida de espacios para
el cultivo, igual que el desperdicio de comida y mejorar la tecnificación hídrica.
Tal vez nos equivoquemos con nuestros juicios apocalípticos, hoy más que nunca
apremia un nuevo orden económico mundial, por eso con la aparición del COVID19, surgirán escenarios de escasez en los mercados nacionales e internacionales, la invitación es a modificar los hábitos de consumo y administrar bien el dinero.
Para finalizar la película, creo firmemente que los residentes de Monterrey, Tijuana,
Puebla y CDMX, deben elegir que localidades silvestres quieren poblar de nuevo,
porque el tiempo de lujos y consumismo pasó de moda, el presente nos lleva a una
vida sin dispendios, solamente equiparable a los cazadores y recolectores de antes.
Facebook: olimpobaezcedillo Twitter: @guiadelbien







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