Todo empezó la semana pasada en Minneapolis, cuando el lunes 25 de mayo George Floyd fue
golpeado por un oficial de los Estados Unidos que le oprimió el cuello con su rodilla durante
más de ocho minutos, el incidente fue grabado por varios testigos que defendían a Floyd, quien
murió a consecuencia de la agresión.
El homicidio de George Floyd desató las protestas más explosivas en mucho tiempo. Si bien
fueron pacíficas la mayoría, en muchas ciudades hubo brotes de violencia, con incendios,
saqueos y desmanes; entre el intrigar de oportunistas y la ira por la discriminación y la
desigualdad.
Edificios incendiados, tiendas saqueadas y calles atravesadas por vehículos envueltos en llamas,
fueron las imágenes que dieron la vuelta al mundo describiendo estas protestas.
El presidente Donald Trump acusó por los hechos vandálicos a grupos de izquierda radical y
amenazó con llamar al Ejército para restaurar “la ley y el orden”. Pero, si bien hay indicios de la
participación de grupos organizados, no parece que tengan la capacidad de generar eventos de
este alcance.
El gobierno se defiende diciendo que las escuelas estén cerradas, el 30% o más de la fuerza
laboral no está en el trabajo, que muchas personas más trabajan en casa pero son libres de ir a
una manifestación, y de que haya buen tiempo, lo que se refleja en una disponibilidad que antes
no había.
Por la creciente penetración de los medios de comunicación, con programas nacionales, blogs,
redes sociales, etc., ahora todos ven lo que está pasando; por lo que en más de 400 ciudades
repartidas en los 50 estados del país hubo manifestaciones, muchas verdaderamente
multitudinarias. La mayoría fueron pacíficas, pero otras terminaron con estallidos de violencia,
que llevaron a los alcaldes de al menos 40 ciudades a imponer toques de queda. Nueva York,
Chicago, Los Ángeles, Filadelfia y Washington DC son algunas de ellas.
Las réplicas de las mismas se hicieron en varias capitales del mundo, desde Seúl y Tokio hasta
Alemania, Inglaterra, Australia, miles de personas se han sumado a las protestas contra la
violencia policial en Estados Unidos y el mundo.
Mientras la sociedad norteamericana arde en llamas casi de manera literal, el ex vicepresidente
Joe Biden se aseguró la nominación del Partido Demócrata para enfrentarse al ya también muy
seguro candidato republicano Donald Trump en las elecciones presidenciales de noviembre.
La confirmación oficial de su candidatura se dará en la Convención Demócrata, que este año se
celebrará en agosto de manera virtual a causa de la pandemia.
Biden, de 77 años, consiguió los apoyos necesarios después de que siete estados y el Distrito de
Columbia celebraran primarias el pasado martes.
El panorama de las cruciales elecciones que celebrará EE.UU. en noviembre ha cambiado
radicalmente con la pandemia -que ha llevado a los mayores niveles de desempleo en el país
desde la Gran Depresión- y la oleada de protestas contra el racismo.
Trump y Biden ya han chocado en estos asuntos, y todo apunta que estas dos cuestiones
seguirán dominando la carrera hacia la Casa Blanca.
En un mensaje en redes sociales, Biden recordó que su campaña era a favor “de todos los que
habían caído y habían quedado abandonados” y que esas palabras adquirían en este momento
una “resonancia mayor” porque muchos estadounidenses “habían sufrido y estaban sufriendo
tantas pérdidas”.
“Es un momento difícil en la historia de Estados Unidos. Y la política divisoria y enojada de
Donald Trump no es la respuesta. El país está clamando por liderazgo. Liderazgo que nos pueda
unir, que pueda acercarnos”, -así es, los americanos viven algo parecido al “López
Obradorismo.
El mandatario, por su parte, ha afirmado estar deseoso de pelear por la presidencia contra Biden,
quien fue vicepresidente con Barack Obama.
Este es la tercera vez que Biden intenta la candidatura presidencial. La última vez, Hillary
Clinton acabó siendo la candidata demócrata para competir contra Trump.
Dicen que la tercera es la vencida, ¿será el caso?







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