Contextos/ Gerardo Flores Sánchez
Ante la mortalidad que está causando la pandemia COVID-19, en adultos mayores de Europa, EEUU y América Latina, algunas voces suspicaces, han sacado de nuevo a la luz pública, las declaraciones que hace algunos años hicieron connotados responsables de las finanzas mundiales y de algunos países sobre la “carga” económica que implica este grupo de población.
En este contexto, estas voces proclives a teorías conspiracionistas, se preguntan si lo que ocurre ahora es mera casualidad.
Definitivamente hacer volar la imaginación no es bueno para reconstruir la confianza en las instituciones, que a nivel mundial hace falta en estos momentos, sin embargo las declaraciones y los problemas que las motivaron, sí son verdaderos. Por lo tanto conviene ubicarlas en su contexto, para que más allá del COVID-19 y de las futuras pandemias que eventualmente puedan impactar en los adultos mayores, tengamos en cuenta tendencias que serán críticas para el futuro inmediato (2030) y mediato (2050) del mundo y de México.
En 2013 Shinzo Abe, ministro de Finanzas japonés de 72 años, pidió públicamente a los ancianos de su país que se dieran prisa en morir porque le estaban saliendo la atención médica que tenía que pagar el estado. En 2011 Japón había sufrido el embate de un Tsunami y al ministro Abe, le abrumaba que los recursos para su plan energético y para la reconstrucción de su país, se desperdiciaran con un grupo de población que ya no era productiva.
En un evento de economistas declaró: “¿Por qué tengo que pagar por las personas que sólo comen y beben y no hacen ningún esfuerzo?”
La mala noticia para el entonces ministro, es que su preocupación se verá agravada, porque Japón es el país más envejecido del mundo y además líder en personas longevas, que junto con España tiene los más altos indicadores de esperanza de vida.
Actualmente uno de cada cuatro japoneses tiene 60 y más años. Y para 2050, serán ya casi la mitad de la población total.
Otro alto funcionario de ese país, responsable de la seguridad social, también se ha declaró en contra de que se gaste en servicios de cuidados paliativos a los ancianos para prolongar su vida, esto ante el alto costo de pagar tales servicios domiciliarios a casi un millón de adultos mayores que en ese país avanzado viven solos y en etapa terminal.
Por otra parte, en el año 2012 circuló por los medios de comunicación a nivel mundial, que Christina Lagarde la directora del Fondo Monetario Internacional FMI, había declarado que la longevidad creciente de los adultos mayores era un riesgo ´para la economía mundial, invitando a la comunidad financiera, a hacer algo al respecto; pero ya.
Esta declaración, cierta o no, se le ha atribuido como un comentario que externó ante el “Informe sobre la estabilidad financiera mundial (GFSR)” 2012, particularmente del capítulo sobre: el impacto financiero del riesgo de longevidad preparado por S. Erik Oppers y su equipo de expertos en ese tema.
Tal informe asume que vivir hoy más años y con bienestar es un hecho muy positivo para las personas y una verdadera bendición. Pero la prolongación de la esperanza de vida inevitablemente acarrea costos financieros, para los gobiernos en recursos para jubilación, pensiones y sistemas de seguridad social.
De manera que si el promedio de vida aumenta en 2050, tres años más de lo previsto, los costos del envejecimiento aumentarían el 50%. Lo que resultaría en la quiebra de muchos sistemas de pensiones.
Visto así el incremento de la longevidad, que para las personas concretas es una expectativa que les ilusiona, para la economía mundial está considerada como “un riesgo financiero”, para el que aconsejan “neutralizarlo” cuanto antes, combinando aumentos de la edad de jubilación (obligatoria o voluntaria) y de las contribuciones a los planes de jubilación con recortes de las prestaciones futuras.
De modo que ahora resulta que los adultos mayores que “vivan más de lo esperado” pone en riesgo las finanzas mundiales, nacionales y estatales. Es decir que supuestamente para el bien mundial, es imperativo que cada quien cumpla al pie de la letra con su fecha de caducidad.







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