Reflexión Dominical



 

Hoy es Domingo de Ramos. Inicia  la gran semana de los Cristianos Católicos, en la que son invitados a contemplar y celebrar los misterios centrales de la fe. El tema dominante es el amor de Dios, un amor que se ofrece y se acoge, que se dona y se sacrifica, que sabe esperar y sabe exaltar.

Es tiempo de contemplar el Misterio y dejarse envolver por él; el Misterio de aquella cruz que durante siglos, y en nuestro tiempo con mayor vehemencia, ha sido blanco físico y cultural de quienes quisieran imponer otra religión o visión de la existencia, destruyendo o eliminando un símbolo de convivencia, de respeto, de verdadera libertad. La libertad de quien ama hasta entregar la propia vida por el amado. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).

La Semana Santa, que hoy inicia, es la única semana del año capaz de imponerse a los ritmos profanos del vivir cotidiano. Nunca como en estos días se advierte la necesidad imprescindible de darse un tiempo para el silencio y meditación personal, para que los ojos sepan ver y el corazón pueda escuchar, en los gestos y las palabras de la liturgia, La pasión y la resurrección del Señor Jesús.

El Domingo de Ramos es el día en que la Iglesia Católica, haciendo memoria de la entrada triunfal del Señor en Jerusalén, se prepara para el Triduo Pascual (Viernes, Sábado y Domingo) corazón de la Semana y de todo el año litúrgico. En él se celebra el amor de Dios. Acontece en cada celebración litúrgica, pero en el Triduo Pascual hay una sensible concentración de amor divino, y las particularidades litúrgicas de cada uno de los días se armonizan entre sí que – como en la música – son “variaciones sobre un mismo tema”.

La Semana Santa se llama así porque, precisamente en los acontecimientos que se celebran estos días se manifiesta la santidad de Dios: su grandeza desbordante de misericordia y de amor a la humanidad; su poder más fuerte que el mal y la muerte. Y se llama así porque en estos acontecimientos la haya la fuente de la santificación de los seres humanos, por la gracia de Cristo y el don de su Espíritu.

Que en estos días de la Semana Santa, los creyentes en la oración y en la meditación personal contemplen todo el amor de Dios manifestado en la muerte y resurrección del Señor Jesús.