Lo que realmente importa
Por: Gerardo Flores Sánchez | 2018-02-19 03:12:31

El investigador Moran Escamilla del Colegio de México, afirma que en la zona metropolitana del valle de México, han ocurrido sismos aproximadamente cada tres años. Estos van liberando la energía de las grandes placas tectónicas del occidente del país. Son cientos de sismos de diversa magnitud que se han sentido en la CDMX. Unos son los que ocurren en epicentros en los estados de Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Jalisco o Michoacán y otros los que tiene origen local.

De los primeros y que han alcanzado 7 y más grados, se tienen registros de 21 eventos entre los años de 1907 a la fecha. De estos, son tres (1932, 1985, 1995) los que han alcanzado y rebasado los 8 grados. Los locales han sido 11 sismos desde 1912 todos han sido de menor y mediana magnitud.

Por lo anterior, entre los mexicanos, sobre todo en los que habitan  en el centro y sureste del país, los temblores, son parte de la experiencia común de sus vidas. Pero tratándose de terremotos, el significado en su inconsciente colectivo es tan intenso y profundo que nunca han dejado de repercutir en trascendentes cambios sociales y políticos.

Para entender las fuerzas que han provocado abruptas reacciones sociales hacia el cambio, basta revisar la historia de los discursos y comportamientos de los gobernantes en turno para prevenir, enfrentar la contingencia  y analizar las medidas que dijeron realizarían, las que realmente ejecutaron, los cambios legislativos e institucionales para cumplirlas, el presupuesto destinado, el gasto aplicado para ello, las personas y grupos sociales a quienes benefició tal gasto, la eficacia de las medidas y sobre todo lo que era obligado que realizaran y no hicieron.

El filósofo español José Antonio Marina dijo respecto a los radicales cambios sociopolíticos ocurridos en la España postfranquista: “Ninguna persona cambia hasta que su situación deviene insoportable. En otro sentido un refrán mexicano señala: “Ahogado el niño tapan el pozo”.
Estas y otras frases aparentemente obvias y simples, dan sabias lecciones que debieran aprender quienes han pretendido o desean dirigir los destinos de México, para que no quieran actuar hasta que la situación sea insoportable o peor aún, cuando lo importante sea ya irrecuperable.

Esto viene a cuento por lo que evidenció el sismo de 7.2 grados que afectó el viernes 16 a la CDMX. Hasta ese día, después de casi seis meses del terremoto de septiembre de 2017, el gobierno de la ciudad capital estaba más enfrascado en asuntos de los protagonistas del proceso electoral, que en resolver de manera efectiva las necesidades urgentes de vivienda, de salud, de trabajo, de seguridad  de los afectados. Existen todavía miles de capitalinos, muchos de ellos adultos mayores, niños, personas con discapacidad y otros más, que no han podido regresar a sus viviendas, o que regresaron pero en medio de la incertidumbre si un nuevo temblor la derrumbará sobre su familia.

Es comprensible entonces, que el interés mayoritario no esté en si Mancera fue o no traicionado por el PRD. Tenga Ud. la seguridad de que tampoco hay júbilo o decepción masiva de que ahora ese personaje sea postulado por el PAN. El gobernador de la CDMX se va igual que el Bronco, abandonando sin terminar la tarea comprometida para la que fueron elegidos, poniendo primero sus proyectos políticos personales, pese a que sus entidades se encuentran en un trance crítico.

Y es que los intereses fundamentales de la población de la capital son otros muy distintos a los de sus políticos en competencia electoral. Porque las cosas realmente vitales para los capitalinos y en general para los mexicanos son sobrevivir cotidianamente, esperando que una bala, un terremoto o cualquier otro desastre acabe con su patrimonio o ponga punto final a sus vidas y a las de su familia.

De verdad ¿no podrá ver o no le importa a la clase política las consecuencias que tendrán en los resultados electorales, los fraudes de las tarjetas Bansefi clonadas, las inspecciones en casas y edificios que están en una espera indefinida, las contundentes evidencias de la corrupción rampante que permitió la autorización de construcciones de miles de edificios que no cumplían las normas que se derrumbaron o resultaron dañados? ¿Qué se imaginan que sienten y piensan los millones de mexicanos que se enteran de que fueron gastados 36 millones de pesos en una “pre-campaña” con candidatos únicos, en tanto los damnificados del pasado terremoto carecen de tantas cosas para sentir seguridad en su futuro inmediato?

Es una bendición y protección del cielo que el sismo del viernes 16 de febrero, no haya tenido la intensidad, frecuencia, profundidad y cercanía del epicentro para causar la devastación material y pérdida de vidas humanas estimadas para un terremoto de magnitud 7.2 grados, más aún en una ciudad y población que todavía está muy lejos de curar sus heridas, duelos y capacidad en general para enfrentar otro desastre, cuando no han pasado ni seis meses del anterior.

Los primeros reportes del Carlos Valdés, director del Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED) y que fueron ratificados por los dados a conocer en los siguientes días, parecían increíbles de tan buenos: ¡Prácticamente ningún edificio derrumbado y ninguna víctima humana¡ Luego los informes científicos y técnicos del Sistema Sismológico Nacional (SSN) explicando las causas del temblor, mostraron el peligro a que se estuvo expuesta la mayor concentración de población humana del país y que con sus 22 millones ocupa el primer lugar en América Latina y el cuarto en el mundo, solo después de Shanghai, Nueva Delhi y Tokio.

No cabe duda que fueron buenas noticias, tanto por los escasos daños, como en la vigorosa y eficiente reacción del CENPRED y de los ciudadanos. Pero en medio del gusto y alivio que nos da este saldo blanco, se debe reconocer que el riego de ninguna manera fue erradicado. Sencillamente porque los investigadores internacionales, expertos en el tema advierten que la energía bajo las capas tectónicas inevitablemente se va acumulando hasta que de manera brusca y violenta se libera como un gran sismo. El SSN por su parte, ha informado que la denominada “Brecha de Guerrero” ha estado en un silencio sísmico por más de 100 años. Lo que teóricamente hace probable que ocurra un terremoto de alta magnitud (de 8-9 grados), sin que se pueda predecir en qué fecha sucederá, porque “ningún método o técnica actual, puede permitir saber cuándo se presentarán los terremotos”.

En este escenario posible, nuestras ventajas serán por un lado, que las alarmas sísmicas alerten a la población 60 segundos antes de que el sismo golpee a la ciudad. La otra ventaja podrá ser la capacidad de anticipación y respuesta, si es que el gobierno y los ciudadanos hacen muy bien las tareas para aumentar la resilencia comunitaria ante estos destructivos fenómenos naturales, es decir su capacidad de minimizar el impacto negativo de un desastre y maximizar de las de recuperarse y sobreponerse a tales adversidades.

Por ahora persisten tres grandes problemas que pueden anular las fortalezas señaladas: El primero es que sigue el crecimiento urbano descontrolado, ahora de manera vertical. El segundo es la evidente corrupción e impunidad que impide aplicar las normas y garantizar la mayor seguridad posible de la población.  Y el tercero es que pese a la disposición de los ciudadanos y del discurso de las autoridades, no se ha alcanzado un nivel de eficiencia operativa entre gobierno y la población para aprovechar la energía de la comunidad en las múltiples tareas de prevención, auxilio y reconstrucción.

Al parecer por ahora después de más de 1500 réplicas del terremoto del viernes 16 “no ha pasado nada”, pero tanto la energía interna de la tierra bajo las capas tectónicas, como la de la inconformidad social en las de las amplias capas de las sociedad dañadas por la crisis crónica de México, siguen acumulando un poder destructivo que conviene a todos no ignorarlo y decidir en serio atenderlo oportunamente.

geromen@hotmail.com