La Moral de los Idealistas



Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. El ideal es esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real, existen diversos signos que lo revelan, cuando te abstraes al leer un diálogo de Platón o recordar la acción de tomar la cicuta por Sócrates, cuando admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos o la magna gesta de los héroes. No todos pueden experimentar tal vivencia frente a estos idealistas; es de pocos el seguir a tales portentos, cuando creas un vínculo hacia tales caminos, estás acercando tus pasos a ser un idealista; el Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.

Los filósofos dejaron atrás el lenguaje figurado, a quienes les quedó esta herencia es a los poetas; estos hombres irán poniendo la experiencia como hipótesis legítima para acercarse cada vez más a formas de expresión menos inexactas; estos ideales de perfección, fundados en la experiencia social y evolutivos constituirán la íntima trabazón de una doctrina de la perfectibilidad indefinida, un ideal no es una fórmula muerta, sino una hipótesis perfectible. La imaginación, partiendo de la experiencia, anticipa juicios acerca de futuros perfeccionamientos, los ideales representan el resultado más alto de la función de pensar. Los ideales son formaciones naturales, no nacen del azar, son efectos de causas; un ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan el espacio y el tiempo.

En la evolución humana el pensamiento varía incesantemente, las variaciones útiles tienden a conservarse; la experiencia determina la formación natural de conceptos genéricos, cada vez más sintéticos; la imaginación abstrae de éstos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que pueden ser hipótesis acerca del incesante devenir, así se forman los ideales. Los ideales pueden no ser verdades, son creencias, influyen en nuestra conducta en la medida en que lo creemos; a medida que la experiencia humana se amplía, observando la realidad, los ideales son modificados por la imaginación, que es plástica y no reposa jamás; el libre albedrío es un error útil para la gestión de ideales.

Dentro de los temperamentos idealistas, todo hombre idealista es cualitativo, posee un sentido de las diferencias entre lo malo que observa y lo mejor que imagina, son esquivos, rebeldes a los dogmatismos sociales, pueden vivir para los demás, nunca de los demás, la pasión es su atributo necesario. Por otro lado, los mediocres son cuantitativos, aprecian el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor, tienen una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades, son limitados a las contingencias del presente, componen el subsuelo social, detestan las diferencias, aborrecen las excepciones.

Todo porvenir ha sido una creación de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales; la excesiva prudencia de los mediocres ha paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Los idealistas aspiran a conjugar en su mente la inspiración y la sabiduría, de la inspiración entre ambas nace el genio. Los idealistas son forzosamente inquietos, contra la tendencia apacible de la rutina. Toda juventud es inquieta; el impulso hacia lo mejor solo puede venir de ella, jamás de los seniles; los idealistas son una viviente afirmación del individualismo, aunque persigan una quimera; su independencia es una reacción hostil a todos los dogmáticos; todo idealista es exagerado, necesita serlo.

Su idioma debe ser cálido como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; para crear una partícula de Verdad, de Virtud o Belleza, se requiere un esfuerzo original y violento contra alguna rutina o prejuicio. Todo ideal es instintivamente extremoso, la exageración de los idealistas es apenas una verdad apasionada, la pasión es su atributo necesario; ningún ideal es falso para quien lo profesa: lo cree verdadero y coopera a su advenimiento con fe, con desinterés.

El idealismo sentimental es romántico, los ideales viven de sentimientos, estos idealistas son exagerados, utópicos, curiosos, sensibilidad aguda, plural, caprichosa, artista. Ingenuos y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y a la ternura; un minuto les basta para decidir de toda una vida. Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables, su gloria está en marchar hacia el ideal, siempre inalcanzable; tienen una curiosidad de mil ojos. Sus aspiraciones se traducen por esfuerzos activos sobre el medio social o por una hostilidad contra todo lo que se opone a sus corazonadas y ensueños.

En un análisis parcial del Hombre Mediocre (obra señera del filósofo José Ingenieros), Mary Celia Villanueva Balderas (alumna de la UAM de Ciencias, Educación y Humanidades) afirma que: en el idealista estoico las lecciones de la realidad no matan al idealista, lo educan, se torna más centrípeto y digno, busca los caminos propicios, aprende a salvar las acechanzas que la mediocridad le tiende; su idealismo se torna experimental, es inherente a la primera ilusión de imponer sus ensueños, rompiendo las barreras que les opone la realidad; la experiencia regula la imaginación haciéndolo ponderado y reflexivo.

La actitud del idealista estoico es de abierta resistencia a la mediocridad, le importa poco agredir el mal que consienten los otros, adquieren una “sensibilidad individualista” que no es egoísmo vulgar, ni desinterés por los ideales que agitan a la sociedad en que viven. Todo individualismo como actitud, es una revuelta contra los dogmas y los valores falsos respetados por los mediocres. La ética del idealista estoico difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que reclutan las simpatías de los egoístas; el individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal es una caída al más bajo nivel que la mediocridad misma.

Por su parte, Gonzalo Marrón Ojeda (Estudiante de Historia en la UAT), también comenta un capítulo de la famosa obra de José Ingenieros: A través de este capítulo el autor desarrolla un análisis entorno a ¿qué es un hombre mediocre?; ¿cómo actúa y cuál es lo opuesto a figurar como uno?; ¿cuáles son los peligros de ser hombres mediocres en la sociedad?, define como sinónimo de mediocridad ser un individuo sin personalidad; el espíritu conservador precisamente es el símbolo que representa el hombre mediocre, es el estandarte con el cual se desenvuelven tales individuos aferrados a lo monótono entre cualquier ámbito social y finalmente el capítulo cierra con lo referente a la vulgaridad, en sí responde a la pregunta, ¿qué es la vulgaridad?. De esta manera es como el autor se abre espacio para explicarnos las generalidades de lo que implica la obra “El hombre mediocre”.

¿Áurea mediocritas?, de entrada nos preguntamos ¿qué significa ésta frase entre signos de interrogación?, en concreto tal pregunta “alude a la pretensión de alcanzar un deseado punto medio entre los extremos; o un estado ideal alejado de cualquier exceso”; aquellos que viven en el punto medio son en palabras del autor, sujetos que viven bajo dogmas que se les imponen, esclavos de fórmula paralizadas por la herrumbre del tiempo, la analogía a la que hace referencia es al “pastor ingenuo”: “el pastor contempla y enmudece, invitado en vano a meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración primitiva es simple estupor: La poesía natural que le rodea, al reflejarse en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, un objeto en el cuadro, una pincelada. Para él todas las cosas han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el rebaño”.

José Ingenieros sostiene, respecto a la analogía del pastor, en el primer apartado del capítulo: “La inmensa masa de los hombres piensa con la cabeza de ese ingenuo pastor; no entendería el idioma de quien le explicara algún misterio del universo o de la vida, la evolución eterna de todo lo conocido, la posibilidad de perfeccionamiento humano en la continua adaptación del hombre a la naturaleza”. ¿Quiénes son los hombres sin personalidad?, según él autor “La mediocridad podrá definirse como una ausencia de características personales que permitan distinguir al individuo en su sociedad”. La personalidad individual comienza en el punto preciso donde cada uno se diferencia de los demás.

Al clasificar caracteres humanos, se ha comprendido la necesidad de separar a los que carecen de rasgos característicos: productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación que se les suministra, de las personas que los tutelan, de las cosas que los rodean. En palabras de Ribot, “indiferentes, a los que viven sin que adviertan su existencia”. La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen voz, ni eco. No hay líneas definidas ni en su propia sombra, que es, apenas una penumbra”. La filosofía, la estadística, la antropología, la psicología, la estética y la moral han contribuido a la determinación de tipos más o menos exactos; no se ha advertido, sin embargo, el valor esencialmente social de la mediocridad. El hombre mediocre como, en general, la personalidad humana, sólo puede definirse en relación con la sociedad en que vive, y por su función social.

Cada individuo es el producto de dos factores: la herencia y la educación. La primera tiende a proveerle de los órganos y las funciones mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las influencias del medio en el que el individuo está obligado a vivir. Esta acción educativa es una adaptación de las tendencias hereditarias a la mentalidad colectiva: una continua aclimatación del individuo en la sociedad; aunado a todo lo antes mencionado el concepto social de la mediocridad se define en la acción neutral que el hombre mediocre representa en cualquier caso en lo que concierne a la esfera de lo público.

¿Cómo se representa el espíritu conservador?, ante la moral social los mediocres encuentran una justificación, como todo lo que existe por necesidad. El eterno contraste de las fuerzas que pujan en las sociedades humanas se traduce por la lucha entre dos grandes actitudes, que agitan la mentalidad colectiva: el espíritu conservador o rutinario y el espíritu original o de rebeldía. Entonces diremos que el espíritu conservador es aquel que abraza, somete, encarcela y posee a los individuos indispuestos a abandonar lo habitual, aquellos que simplemente no notan la diferencia entre pasividad y acción, en otro sentido se puede decir que la Historia no se encarga de los hombres poseídos por este espíritu.

“La patria”, “las naciones”, “las conmemoraciones”, “las banderas”, “los himnos”, “los héroes de guerra”, “las revueltas, “las resistencias”, “las rebeliones” y “las revoluciones” tuvieron por actores a hombres con espíritu de rebeldía, lo opuesto al espíritu conservador. ¿Cuáles son los peligros sociales de la mediocridad?, la psicología de los hombres mediocres caracterizase por un riesgo común: la incapacidad de concebir una perfección, de formarse un ideal. Son rutinarios honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter a las domesticidades convencionales.

El hombre mediocre es incapaz de enrolarse en lo que concierne a temas de importancia social, la neutralidad de su mente, escritura y voz los posiciona fuera del debate, de la partida, de la lucha por los ideales de importancia al pueblo que lo rodea; el peligro social que representan los hombres mediocres es que constantemente son un contrapeso a “la libertad” por el espíritu conservador en el cual están hundidos sin intenciones de salir a superficie; ¿qué es la vulgaridad para Ingenieros? La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación de lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; los vulgares son mediocres de razas primitivas: habrían sido perfectamente adaptados en sociedades salvajes, pero carecen de la domesticación que los confundiría con sus contemporáneos. “El hombre mediocre es un aislante de toda causa”.

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