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El pasado 10 de octubre se celebró el Día Mundial de la Salud Mental, centrando su mensaje en la prevención del suicidio, especialmente el de los adolescentes y jóvenes, cm parte dela campaña de sensibilización «40 segundos para actuar»,  que inició el 10 de septiembre con el Día Mundial de la Prevención del suicidio.  

 

La palabra suicidio proviene del latín: Sui, “a sí mismo” y Caedere, que significa, “matar”. Se entiende entonces como la “acción de quitarse la vida”. 

 

A nivel mundial, cerca de 800 000 personas fallecen anualmente por esta causa, es decir cada 40 segundos una persona se suicida. En la población joven es la segunda causa de muerte. Además, por cada persona que lo consuman, otras 20 lo intentaran considerándolo como una salida a su desesperación. 

 

En México, cada año ocurren más 6 mil muertes por suicidio, lo que representa una tasa de 5.1 por cada 100 000 habitantes. Su tendencia es creciente. Tamaulipas tiene una tasa de 4.1, inferior al promedio nacional. El 80% de los suicidios ocurren en hombres. La tasa de esta causa de muerte es de 4 veces más alta en adolescentes y jóvenes. Los motivos declarados son: problemas familiares, amorosos, depresión y ansiedad, abuso de alcohol y drogas.

 

Si a las muertes por suicidio, se le suman las ocurridas por homicidio y accidentes de tránsito, el panorama de la salud social y mental de los jóvenes en México, debía realmente preocupar y movilizar a la sociedad entera para atenderlo. 

 

La repercusión del daño que causa esta forma de morir, no es solo individual, sino que lastima también a su pareja, a su familia, a sus amistades y a su comunidad, porque el suicidio deja una señal de impotencia y fracaso de la sociedad y de sus instituciones, que no pudieron preverlo y evitarlo. 

 

De esta manera el suicidio deja una carga de duelo, culpa y frustración que puede resonar por muchos años, creando condiciones psicosociales para alguien más repita este comportamiento. Por ello, en cierta manera el suicidio es contagioso. 

Los casos de suicidios relacionados que ocurrieron en Cd. Victoria, hace algunos años, en una familia de la Colonia Echeverría y entre los alumnos de una escuela primaria, demuestran que a un suicidio pueden suceder otros más, si no hay una comprensión e intervención oportunas.

 

Desde 1960 Edwin S. Shneidman (1918-2009), fundador de la disciplina de la Suicidología y pionero en el campo de la prevención del suicidio, lideró con otros científicos y humanistas en una larga lucha intelectual y ética para que su país (EEUU) y la Organización Mundial de Salud a través del Programa de Salud Mental, reconocieran la relevancia del suicidio problema sanitario, social y humano. Así fue que en el año 2003 la ONU, la OMS y  la Asociación Internacional de Prevención de Suicidio (IASP) declararon al suicidio como un problema de salud pública, exhortando a sus países miembros a crear programas nacionales para su investigación, prevención y atención. 

 

Shneidman dejó de considerar al suicidio como una enfermedad mental, que debía ser tratada con internamiento o terapias farmacológicas para mantener una sedación profunda. En ese sentido afirmó que “no todo suicida es psicótico, así como no todo psicótico es suicida”.

Para él una persona con ideas suicidas, pasa por una grave crisis psicológica y existencial que le sumerge en un malestar pluridimensional,  bajo un entorno psicosocial sin recursos para ofrecerle una esperanza y que por lo tanto le hace sentirse rebasado, al grado de considerar como la mejor solución el ejecutar un acto consciente de autoaniquilación.

 

Ante la escasez de información, investigación y comprensión del suicidio, Shneidman recomendó que para dar una ayuda eficaz y oportuna al suicida en potencia,  el estudio de este fenómeno debía de dejar de centrarse solamente en la muerte del sujeto, para enfocarse en detectar los signos y evidencias materiales y textuales de su proceso de ideación y planeación. Pr ello, las estrategias de intervención preventiva que hoy se implementa incluyen la vigilancia, la comunicación y la restricción a medios que suelen ser utilizables para quitarse la vida. En México el 81% de los suicidios fueron por ahorcamiento, estrangulamiento o sofocación; el 8% fue por disparo con arma de fuego.

 

El Tanatólogo y suicidólogo mexicano Alfonso Reyez Zubiria, aseguró que “el suicida realmente no quiere morir, sino dejar de sufrir”, por ello la tarea de quienes quieran ayudarle, ya sea profesionales de la salud o familiares y amistades, consiste en establecer un lazo de confianza y comunicación para encontrar juntos un camino hacia la curación de su dolor y desesperanza.   

 

Durkheim, a finales del siglo XIX, ya había señalado que la explicación profunda del Suicidio debía buscarse en las determinaciones de la sociedad en que ocurre.

Por esta razón, se justifica el abordaje multidisciplinario y social que actualmente proponen el programa mundial y los programas nacionales para su prevención. Su importancia para la salud pública y el desarrollo de las naciones, es tal que en la actualidad la tasa de suicidios es un indicador de evaluación para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

 

Si tú estás pasando por un momento de extrema angustia y desesperanza, o conoces a alguien cercano que se encuentre en esa situación emocional, sobre todo si se trata de alguno de tus hijos, nietos  o familiares,  deben saber entonces que no están solos, acércate a un profesional de salud mental  o  a alguna persona de tu confianza. Platícale de cómo te sientes o si es el caso, escúchalo con atención y dale un consejo alentador, seguro estarás a tiempo, porque él o ella te están esperando para reactivar su conexión con la vida.