Dios y la muerte



 

Anoche tuve un sueño muy revelador que quiero compartir, producto de la imaginación y dicho con bastante respeto. Entre alucinaciones, escuché una poderosa conversación entre Dios y la muerte. Dice el altísimo “tú (muerte), fíjate que me das puras mortificaciones”.

 

“Deberías ser como los políticos, pues ellos tienen muchos pueblos muy jodidos, pero a la gente bien contenta”. La muerte refirió “, yo, represento un deceso, una defunción, un fallecimiento, un óbito, una expiración, un perecimiento, un fenecimiento o una cesación”.

 

Continuó el Gran Creador del Universo “Calaca, ese trabajo que tienes, sinceramente no me gusta. Nomás preocupas a los mortales”. Prosiguió Dios, “como se quejan de ti, muchos hombres y mujeres ya ni viven en paz, solo de cavilar en ese capítulo final”.

 

Déjame hablar aseveró la calavera “cuando me despierto no busco alguien en especial. Es más me relajó y disfrutó de mi vida extrasensorial”. Refirió la huesuda “yo no le hago daño a las personas”. Los seres humanos, no entienden que todos pasan por un proceso evolutivo, donde nacen, crecen, se reproducen y mueren.

 

“Dios, hagamos un trato”, afirmó la muerte “es más, aprovechando las celebraciones del Día de Muertos, donde en México se pintan solos, para festejar a los que se adelantaron en el camino, te prometo que de aquí en adelante, trataré a la gente con tolerancia, con piedad, con consideración y respetaré su última voluntad”.

 

La muerte musitó con firmeza y determinación, “Dios, los humanos de que se tienen que ir, se tienen que ir; en ninguna parte dice, que vivirán mil años. Ni que fueran bots con Inteligencia Artificial y cura garantizada, para los bastantes males derivados por fallas tecnológicas”.

 

El Salvador del Universo le advirtió a la muerte “como quiera modifica tus modales, andas en todos lados espantando a los chicos y grandes, te voy a suplicar, que cuando las familias viajen por carretera o salgan a pasear, déjalos que lleguen con bien. Sanos y salvos”.

 

Entre visiones, percibí que la muerte le confió a Dios, “soy amigo de los humanos, pero antes de que me los tope en un camino, les pediré que vivan con amor, con humildad, con armonía, con pasión, con libertad, con perdón, con generosidad y principalmente que cumplan sus ideales. Sino los hallaré en el inframundo”.

 

La huesuda aderezó “Dios, me molesta que la raza haga pucheros, pues con nada se espanta. Además lo que principia, acaba. De que un día vendré por los aludidos, ni lo duden, mientras tanto que vivan al máximo, con responsabilidad, con disciplina y hagan valer su palabra empeñada. Brinquen, lloren, bailen y coman”.

 

Siguiendo con el tema de la muerte y sin el ánimo de llenar de miedo a los lectores, ni crear falsas especulaciones, que ni los científicos, los psicólogos, los teólogos, los periodistas, los docentes, los clarividentes, vaya ni los médicos, logran conocer con exactitud acerca de los intríngulis, de un inesperado desenlace.

 

Desde mi punto de vista, siempre he manifestado que hay vida después de la muerte, claro como en todo trabajo agotador, posteriormente a las largas jornadas de ajetreo, viene una temporada de catarsis, de introspección, de expiación y de purificación de almas, donde ya no hay rencor, odio, envidia y malos entendidos.

 

Más allá de la muerte hay un enorme casillero en el cielo, lleno de ropajes, sombreros y accesorios, donde cada uno deberá elegir el oficio de su preferencia, tal vez en esta vida, alguien fue panista, en la otra priísta; quizá fue un acaudalado y en la siguiente etapa, asceta, y así cada uno, cargará con sus santos y demonios.

 

Decretemos y generemos larga vida, estableciendo actitudes positivas y hábitos de excelencia con nuestros seres amados, no llamemos a la muerte, con diálogos fatalistas ni pensamientos negativos, los tiempos de Dios son perfectos, y cualquier enfermedad, accidente o percance, “nos mata o nos hace más fuertes”.

 

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