1981, emerge una nueva enfermedad



 

Fue en 1985 cuando en una ciudad fronteriza del estado, los servicios de salud  empezaron a reportar casos de hombres jóvenes, algunos de ellos adolescentes, con severos cuadros infecciosos de piel y de pulmones, secundarios  a una clara afectación de su sistema inmunológico, que en corto tiempo causó su fallecimiento. 

Las primeras investigaciones revelaron que en estos casos existía una relación epidemiológica con un caso inicial común.

Se sospechó inmediatamente de que podía tratarse de la nueva, extraña y letal enfermedad que desde junio de 1981 había sido identificada por el Centro de Control de Enfermedades (CDC) de Atlanta, Georgia, EEUU y poco más tarde por el Dr. Dr. Michael Gottlieb en la Cd. de San Francisco, California, en hombres homosexuales, inmigrantes haitianos, usuarios de drogas inyectables y receptores de transfusiones sanguínea.

 Además de la intensa campaña de información y educación a la población sobre los mecanismos de trasmisión de esta enfermedad, una de las primeras acciones que tomó el gobierno de Tamaulipas en esos años, fue la prohibición de la comercialización de la sangre para transfusiones. Medida con la que nuestro estado se adelantó a nivel nacional y que evitó, al inicio de la epidemia que  miles de tamaulipecos se infectaran de esa nueva enfermedad. Lo cual si ocurrió en EEUU con Ronald Reagan como presidente, que no  implementó de inmediato esta estrategia, aunque ya se sabía que podía trasmitirse por este medio. 

En 1982, esta enfermedad emergente fue denominada oficialmente como Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA en español o AIDS en inglés). Fue hasta 1983, que pudo confirmarse, que se trataba de una enfermedad infecciosa trasmisible, de la cual se desconocía aún el o los microorganismos que la causaban.

Un año después en 1984, el Dr. Luc Montagnier y el Dr. Françoise Barré-Sinoussi, virólogos investigadores del Instituto Pasteur de Francia, lograron aislar al virus del SIDA, al que llamó LAV.  

Por su parte en el Laboratorio de Biología Celular del instituto del Cáncer, de California, EEUU, el Dr. Robert Gallo investigador biomédico experto en retrovirus, aisló e identificó, en muestras que obtuvo en 1983 del Instituto Pasteur, al virus causante del SIDA al que denominó HTLV-III. 

El Dr. Gallo publicó antes que el Dr. Montagnier su descubrimiento, lo que desde entonces desató un largo debate, sobre quién fue el primero en descubrirlo. Los diversos comités internacionales que se ocuparon del caso, sin resolver del todo la controversia científica entre EEUU y Francia, concluyeron que la muestra que recibió el Dr. Gallo estaba contaminada de una variedad del Virus del Virus de la Inmunodeficiencia Humana SIDA (VIH-1), y que por lo tanto no era igual a la del Dr. Montagnier. Así en el año 2008, la Academia de Ciencia de Suecia otorgó a Luc Montagnier y a Françoise Barré-Sinoussi obtuvo el Premio Nobel de Medicina, por su descubrimiento del VIH.

Este deslinde que se hizo a la participacipación del Dr. Gallo en la identificación del VIH, no dejó de lado las grandes contribuciones que este investigador hizo para lograr cultivar al virus y entender el mecanismo por el cual afecta a las células (linfocitos T) del sistema inmune, lo cual permitió desarrollar las pruebas para el diagnóstico por laboratorio de la infección y la creación de medicamento antirretroviral para detener (aunque no curar) la enfermedad.  

Como ocurrió en la carrera entre EEUU y la URSS por llegar a la luna (y que fue ganada por el primero), la competencia entre Francia y EEUU por descubrir el virus de SIDA y encontrar su tratamiento, permitió como nunca antes un multimillonario financiamiento tanto de fondos públicos, como privados y filantrópicos (Fundación Bill y de Melinda Gates, por ejemplo) para el trabajo de investigación científica en centros de excelencia internacional.

Gracias a ello, esta enfermedad que infectó a los seres humanos por primera vez en los años 20´s del siglo pasado, en el centro de África y que fue calificada como la más grande amenaza a la salud pública mundial, sorprendiendo y llenando de pánico al mundo de los años 80’s, logró convertirse hoy en una pandemia sujeta a vigilancia y a un nivel de control tal que permite abrigar la expectativa de que, si en todos los países se hace lo adecuado, se podrá ver su franca reducción para el año 2030.

Este panorama optimista no desconoce que el número de nuevas infecciones por el VIH no disminuye a la velocidad deseable, ni que aunque las personas con el VIH viven más años, su calidad de vida no es suficientemente óptima. Y que los grandes avances de la ciencia en el diagnóstico y tratamiento, no están llegando todavía de manera suficiente y constante en los países pobres y en desarrollo, a todos los grupos de mayor vulnerabilidad y riesgo, como los usuarios de drogas inyectables, los hombres que tienen sexo can otros hombres, los migrantes, las mujeres embarazadas, entre otros. Finalmente tampoco resta importancia a la persistencia en muchas culturas de la homofobia y de la estigmatización de quienes viven con VIH o padecen la enfermedad.

En el mundo, se estima viven alrededor de 38 millones de personas con el VIH, de estas unos 25 millones tiene acceso a la terapia antirretroviral. Se calcula que desde que empezó la pandemia, se han infectado 75 millones de personas, de las que han fallecido 32 millones, aun ritmo actual de 770 mil al año. ONUSIDA estima que para 2020 se necesitarán más de 26 mil millones de dólares para cumplir con los objetivos mundiales de control del SIDA. 

Hoy en la Celebración del Día Mundial de SIDA de 2019, se hará énfasis en la conciencia de que para vencer en esta lucha de 38 años contra la pandemia, el trabajo de las comunidades seguirá siendo fundamental para la que la estrategia mundial tenga la efectividad necesaria, a nivel nacional, estatal, municipal y en cada familia.